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Muerte de un ciclista: el cine de la disidencia

Muerte de un ciclista, 1955. España. 90 minutos. Blanco y negro.

-Director: Juan Antonio Bardem
-Guion: Juan Antonio Bardem
-Reparto: Lucía Bosé, Alberto Closas, Bruna Corrá, Carlos Casaravilla, Otello Toso, Alicia Romay.
-Productora: Coproducción España – Italia. Guión Films/Trionfalcine
-Premios: Festivam del Cannes: Premio de la Crítica Internacional.
-Género: Drama. Thriller. Cine Negro.

Sinopsis: Un profesor de universidad y su amante, una mujer casada de la burguesía, atropellan accidentalmente a un ciclista. Temerosos de que se descubra el adulterio, deciden ocultar el trágico accidente.

 

En la Escuela Buena Vista de Cracovia, viernes 25 de noviembre a las 19.40, con subtítulos en inglés.

La España franquista de los años 40 y 50 contaba con una industria cinematográfica razonablemente bien organizada teniendo en cuenta las condiciones en las que se encontraba el país tras 3 años de Guerra Civil (1936 – 1939). Dicha industria estaba controlada por un aparato de censura con dos pilares básicos; el propio Estado y, como no podía ser de otra manera, la iglesia. Ciertamente las labores de censura una vez finalizada la Guerra Civil en 1939 y hasta bien entrados los años 50 eran de un carácter tan sólo testimonial y apenas tuvieron que ejercer su función. Eran muy pocos los que, en aquellos lamentables años de subdesarrollo, tenían medios para la producción cinematográfica, siendo estos pocos además, personas afines al régimen de Franco.

El ensalzamiento de los valores patrióticos e incluso de la raza, las adaptaciones literarias, las adaptaciones históricas, la religión con sus “milagros”, el folklore usualmente bajo ambientes andaluces o las comedias blancas como válvula de escape de la triste realidad que se vivía en aquellos tiempos, constituían los temas más recurrentes de la industria cinematográfica de la época. Se podría decir que el cine caminaba en paz sin apenas sobresaltos, y la actividad censora se concentraba básicamente en controlar, no la producción nacional, sino el cine que venía de más allá de las fronteras.

En 1947, con el objetivo de mejorar los aspectos teórico – prácticos de la producción cinematográfica , fue creado el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas (IIEC), que en 1951 pasaría a integrarse en el Ministerio de Información y Turismo, para en 1962 cambiar su nombre por el de Escuela Oficial de Cinematografía. Fue precisamente en el IIEC donde coincidieron dos jóvenes estudiantes que alterarían la paz en la que se encontraba la industria cinematográfica española: Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem. Ambos estaban influenciados por la corriente cinematográfica  más destacada del momento: el neorrealismo italiano encabezado por cineastas como Antonioni, Rossellini, Visconti, De Sica o Giuseppe de Santis. El neorrealismo tiene como sello de identidad el reflejo de la situación económica y moral de la Italia de posguerra, las duras condiciones de vida marcadas por la desesperación, la frustración, la pobreza generalizada… Los rodajes se llevaban a cabo habitualmente en exteriores, y muy a menudo los actores no eran profesionales. El principal propósito del neorrealismo era el de mostrar la realidad tal cual era, sin ningún maquillaje.

Así, en los años 50 coinciden en España dos generaciones de cineastas: por un lado la “vieja guardia” que llevaba muchos años ya trabajando al “servicio” del régimen, y las primeras generaciones de jóvenes salidas del Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, bien diferenciadas en sus particulares modos de hacer cine: uno más artificial, plagado de decorados, y el realista que se centra en los problemas reales de la gente, de profundo carácter crítico.

En 1955 se llevan a cabo las llamadas Conversaciones de Salamanca, que consistieron en un encuentro de profesionales de todos los sectores de la industria cinematográfica impulsado por el cineasta Basilio Martín Patino. Allí se llevó cabo un repaso de lo que se estaba haciendo desde el término de la Guerra Civil y se trató  de abrir nuevos horizontes creativos. Además las Conversaciones de Salamanca se convirtieron en el símbolo de una disidencia contracultural, con realizadores comprometidos en lo político – ideológico como el propio Juan Antonio Bardem.

“El cine español vive aislado; aislado, no sólo del mundo, sino de nuestra propia realidad. Cuando el cine de todos los países concentra su interés en los problemas que la realidad plantea cada día, sirviendo así a una esencial misión de testimonio, el cine español continúa cultivando tópicos conocidos… El problema del cine español es que no es ese testigo que nuestro tiempo exige a toda creación humana.”

                                                                                             Basilio Martín Patino.  

“El cine español actual es políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico.”

                                                                                            Juan Antonio Bardem

Esta afirmación de J. A. Bardem tal vez estuviera equivocada en lo de políticamente ineficaz. El régimen de Franco siempre fue consciente de la importancia del cine, que bajo un eficaz control y sabiendo repartir adecuadamente las subvenciones se convertiría en una importante herramienta de adoctrinamiento y de propaganda que lograría marcar la mentalidad de toda una generación.

Bajo este panorama, en 1955 Juan Antonio Bardem filma Muerte de un ciclista, curiosa mezcla entre el neorrealismo italiano y el cine negro americano. Una película realmente claustrofóbica que retrata con destreza la rancia sociedad de aquellos años. Meticulosa y exquisita en su apartado técnico y grandiosa en su trama argumental, en la que una sencilla idea, el atropello y la muerte de un ciclista, da paso a un viaje al interior humano: infidelidades, dilemas morales, chantajes, sentimientos de culpa, con los principios éticos enfrentados a la supervivencia. La película fue calificada como gravemente peligrosa por la censura franquista e incluso llegó a prohibirse su exhibición, pero sin embargo logró un sonado reconocimiento internacional en el Festival de Cannes.

Estamos en una España donde una burguesía se mueve en automóvil y una mayoría se mueve a pie o en bicicleta, y es una trama policiaca o de intriga el marco que sirve a Bardem para anunciar una serie de cambios que poco a poco se van aproximando. Una sociedad minoritaria y dominante sostenida por el franquismo que defiende a toda costa su estatus social es mostrada corrompida por el egoísmo, por la hipocresía, las falsas apariencias, dominada por la mediocridad y con una doble o triple moral, entreteniéndose en organizar fiestas benéficas a fin de lavar sus sucias conciencias; para los niños pobres, para los niños tontos, tal y como exclama de manera despectiva uno de los personajes del film. Pero esta clase burguesa pronto se verá ahogada por los aires frescos de una nueva juventud fuerte, generosa y libre de prejuicios que pide a gritos cambios. En la película aparecen los que fueron los primeros movimientos estudiantiles universitarios que se enfrentarían al régimen franquista.

Muerte de un ciclista, al igual que otras tantas películas de su época de contenido crítico, se mantiene perfectamente fresca en nuestros días, y no puede considerarse un producto viejo pese a ser rodada hace ya más de 55 años. ¿Y es eso bueno? En absoluto, eso, lo que es, es preocupante.

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