Archivos en la Categoría: Lugares con encanto

Un paseo por el cementerio

El descanso eterno de las personalidades más significativas del s. XIX, artistas, políticos, aristócratas… y un evocador y sobrecogedor paseo para aquellos que lo visitan. Estilizados cipreses, árbol cuya madera jamás se pudre y cuyo perpetuo verdor simboliza la inmortalidad, apuntan a los cielos para dar la bienvenida al visitante antes de perderse en un laberinto de patios, tumbas y mausoleos. El absoluto silencio del lugar, apenas roto ocasionalmente por el piar de algunos pajarillos o por el viento, sumado a su fastuosa monumentalidad se traduce en una una sosegante intranquilidad difícil de definir. Las grandes y monumentales tumbas de este cementerio de San Isidro de Madrid aparecen marcadas profundamente por la huella del tiempo y la erosión propia de la meteorología, acentuando ese toque a novela gótica tan amiga de criptas, castillos, bosques tenebrosos, pasadizos, fantasmas y demonios, tan de moda a finales del XVIII y principios del XIX, periodo al que corresponde su construcción (1811). El cementerio se encuentra justo a espaldas de la Ermita de San Isidro Labrador, razonablemente alejado del casco urbano del Madrid de la época como consecuencia de la prohibición del rey José Bonaparte de enterrar a los difuntos en el interior de las iglesias.

El espectáculo que nos brinda la visita pone de manifiesto el esmero y cuidado que tanto artistas como arquitectos dedicaron a las personalidades aquí enterradas; impresionantes panteones familiares y minuciosa atención al detalle de los elementos escultóricos dentro de un entorno monumental que recoge lo mejor de diferentes oficios artísticos: cantería, esmalte, vidriera, forja… El conjunto está considerado como uno de los cementerios más interesantes de Europa y está catalogado como Bien de Interés Cultural dentro de la categoría de Conjunto Histórico.

La continua presencia de ángeles tallados en piedra es una constante a lo largo de este peculiar paseo. Es de suponer que representan al Ángel de la Guarda, aquel que siempre nos acompaña incluso después de haber abandonado este mundo, ofreciéndonos su cuidado y protección. Curiosamente tan entrañable y tranquilizadora imagen se torna muy a menudo siniestra e inquietante al encontrarnos figuras cuyas formas se han visto alteradas por los efectos de la climatología, ennegrecidas, mutiladas e incluso decapitadas.

Salvador Sánchez Povedano “Frascuelo”, Leandro Fernández de Moratín, Antonio Maura, José Abascal, Francisco de Goya… ¿Francisco de Goya?… pero, ¿no se encuentran los restos de Goya en la cercana Ermita de San Antonio? Lo cierto es que el genial pintor aragonés murió en Burdeos, Francia, en 1828, para ser enterrado después en el cementerio de La Chartreuse, en el mausoleo de la familia que le dio acogida en la ciudad francesa. Años después, en 1899, tras unas largas y extrañas gestiones para trasladar los restos del pintor a España, se descubriría la desaparición de la cabeza de Goya de la que ya jamás se tendría noticia. Finalmente los restos llegarían a Madrid para ser enterrados en el cementerio de San Isidro, junto a Moratín, Meléndez Valdés y Donoso Cortés, donde permanecerían hasta 1919, año en el que se trasladarían definitivamente a la Ermita de San Antonio.

Historia del traslado de los restos de Goya. ¿Qué fue de su cabeza? Foto Rumbo 32.

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La danza de Anguiano

Las Fallas de Valencia, los San Fermines de Pamplona o el Carnaval de Santa Cruz de Tenerife son sólo algunos ejemplos del variado paisaje festivo español. Sin embargo una de las festividades, sin duda, más curiosa la encontramos en un pequeño y bonito pueblo de La Rioja de poco más de 500 habitantes  llamado Anguiano, situado entre bosques y las montañas que conforman la Sierra de la Demanda y cuyo principal centro turístico es el cercano Monasterio de Valvanera.

Cada 22 de julio, día que se corresponde con la festividad de la Magdalena, patrona de Anguiano, y cada último fin de semana de septiembre, que es cuando la imagen de la santa regresa nuevamente a su ermita donde permanecerá hasta mayo, se celebra la tradicional fiesta folklórica de la Danza de los Zancos, única en la geografía española, y declarada de interés turístico nacional.

        “Santa María Magdalena, hoy, Acción de Gracias, a la ermita te queremos acompañar a pesar del largo camino que tenemos que andar. Tus montes están agostados, tus fuentes sin ganas de manar, pero según se acerca la hora, todo vuelve a resucitar, porque la reina del alma con ellos estará. El pueblo entero hoy se quiere despedir, pero dentro de nuestros corazones, tú siempre puedes seguir. Bendice a los danzadores, también al pueblo Anguiano, bendice a los forasteros, que todos somos hermanos. ¡Viva Santa María Magdalena! ¡Viva el pueblo Anguiano! ¡Viva los danzadores! ¡Viva las autoridades! ¡Viva Santa María Magdalena!”

Existen referencias escritas sobre esta danza que datan de principios del siglo XVIII, y aunque su origen resulta un tanto confuso, parece más que evidente que su origen y esencia es puramente pagana, por lo que muy probablemente sería algún religioso quien la adaptara y la llevara al terreno religioso. Lo cierto es que los zancos eran habitualmente utilizados por las gentes que se dedicaban a la ganadería y al pastoreo, labores que a menudo obligaban a atravesar zonas húmedas, prados encharcados o cubiertos de nieve durante los fríos inviernos de la zona. Con el tiempo, esta peligrosa y arriesgada danza se convirtió en el ritual por el cual los jóvenes abandonaban su adolescencia para alcanzar la madurez.

El atuendo de los danzantes lo componen unos zancos de madera de haya de unos 50 cm de altura, un par de castañuelas, y el conjunto de camisa, chaleco, pantalón y faldón amarillo tradicionales.  El último fin de semana de septiembre, y tras una misa en la iglesia de San Andrés,  la imagen de Sta. María Magdalena sale en procesión camino de su ermita, portada por un grupo de vecinos acompañados de la música de las dulzainas y los tamboriles y los ocho danzantes elevados sobre sus zancos. Tras una danza conocida como “El Agudo”, los danzantes descienden individualmente y girando sobre sí mismos a gran velocidad los siete escalones que separan la plaza de la Obra de la calle Alta, para después continuar el peligroso descenso por la llamada “Cuesta de los danzadores”, calle irregularmente empedrada y estrecha, de unos 58 metros de longitud y con una pronunciada pendiente.

Los danzantes, a la vez que efectúan sus vertiginosos giros, van tocando las castañuelas hasta que alcanzan el final de la cuesta, donde un numeroso grupo de personas denominadas “el colchón”, frenará su frenético descenso. La danza además de peligrosa resulta complicada, pero los danzantes cuentan con la ayuda del vuelo de su faldón amarillo, que al girar velozmente crea una especie de “campana” de aire que proporciona cierta estabilidad. Un roce de la falda con algún espectador del numeroso público congregado podría desestabilizar al danzante y provocar una aparatosa caída. De este modo, mientras unos descienden, otros vuelven a ascender por la empinada cuesta hasta encontrarse con la marcha de la santa, momento en el que volverán a repetir su arriesgada danza. Posteriormente, ya en la plaza del Ayuntamiento, y ahora sin el faldón, los zancos y sin las castañuelas, se lleva a cabo otra danza llamada “los troqueaos”, en la que entran en juego unos palos de boj.

La transmisión entre generaciones, de padres a hijos, mantiene viva esta vistosa tradición a día de hoy, siendo cada año más numeroso el público que acude a presenciar tan curiosa y peculiar danza de carácter religioso que al mismo tiempo muestra su fondo pagano. Se presenta rica por la gran cantidad de ingredientes que combina; lo ancestral y lo sorprendente junto con su gran originalidad, además de un fuerte añadido de riesgo y emoción.

Cuesta de los zanzadores a partir del minuto 7:30

Engaña: un túnel a ninguna parte.

6.976. Son 6.976 los metros de trabajo, sangre, talento, sudor y muerte. También son 280 millones de pesetas, (1.700.000 euros), toda una fortuna para la época (años 50), y más de ocho años de trabajos los invertidos para excavar un túnel que finalmente nos conduce a ninguna parte. Además de todo esto se construyeron estaciones como la de Yera, sustentada por 32 arcos de hormigón de 50 metros de altura cada uno, dos poblados para dar cobijo a los presos  que llevarían a cabo la obra, se levantaron puentes y viaductos y se excavaron un total de 5 túneles más, a parte del de la Engaña, de los 9 que había en proyecto.

La península ibérica cuenta con una gran cantidad de kilómetros de costa y con dos zonas portuarias de vital importancia. La zona cantábrica, en el norte, y la mediterránea en el este, y es a principios del siglo XX cuando se proyecta unir mediante ferrocarril los puertos marítimos de Santander y Valencia, de un mar a otro, para ahorrar de este modo a los barcos la semana que tardaban en rodear la península. Las obras se ponen en marcha, y se trabaja a ritmo acelerado hasta que en 1930, y a falta de tan sólo 63 kilómetros (en amarillo en el mapa) los trabajos se paralizan de manera repentina. ¿Cuáles fueron las razones que provocaron esta detención? Parece ser que estas nuevas infraestructuras suponían una amenaza al puerto de Bilbao, y aparecieron presiones políticas para parar la obra. En España este tipo de situaciones poco tienen de extraño, pues es habitual el prestar mayor atención a lo que hace o tiene la región vecina que al sentido común, de ahí que existan nada menos que 50 aeropuertos repartidos por el país.

Al poco de la finalización de la Guerra Civil, en 1941, se vuelven a poner en marcha los trabajos, con la complicada tarea de atravesar la Cordillera Cantábrica mediante una serie de túneles, entre los que destaca, como gran obra de ingeniería adelantada a su tiempo, el gran túnel de la Engaña, con sus casi 7 kilómetros de longitud, siendo en aquellos años el más largo de España y que se encuentra entre Vega de Pas (Cantabria) y Pedrosa de Valdeporres (Burgos). Sus grandes dimensiones estaban concebidas para alojar los dos sentidos de las vías. Las obras a las que ahora se retorna de nuevo avanzan muy lentamente debido a la tremendamente complicada orografía del lugar y al duro clima invernal que se suma a unas penosas y duras condiciones de trabajo. Durante los primeros años no había electricidad ni apenas maquinaria, y se trabajaba en jornadas de 12 horas, lo que nos trae a la memoria  escenas propias del western de temática carcelaria, como las del  fenomenal El día de los tramposos (There Was a Crooked Man) protagonizada por Kirk Douglas y Henri Fonda, ahora sin ningún, eso sí, tono de comedia. Los trabajadores fueron en un principio y en gran número, prisioneros republicanos de guerra traídos desde diferentes prisiones o campos de concentración como el cercano de Valdenoceda (Burgos), y muchos enfermaron de silicosis al respirar el polvo que generaba la perforación de la montaña, resultaron heridos o murieron a causa de los habituales desprendimientos de rocas. Tiempo después fueron los operarios de la empresa Portolés y Cía quienes se encargaron de los trabajos, siendo denominados por los haitantes de la zona como “portoleses”.

Una vez finalizados los trabajos del túnel de la Engaña en 1959, la infraestructura más importante de esta obra, se produciría una nueva y definitiva paralización como consecuencia, nuevamente, de las presiones provenientes del País Vasco sumadas a la falta de confianza de los gobernantes de la época en el ferrocarril, al que se le cuestiona su rentabilidad. Jamás atravesó ningún tren este grandioso túnel, y tan sólo, durante años, las gentes de la zona han sido los únicos que lo han atravesado con sus propios vehículos, sobre todo durante las épocas invernales, para de este modo evitar los nevados puertos de montaña que comunican unos valles con otros, hasta que en 1999, debido a la humedad y a la falta de mantenimiento, un desprendimiento cerca de su boca sur provocó que el túnel quedara cerrado.

Hasta hace poco tiempo existían algunos planes para recuperar el túnel con una carretera, pero parece que estos proyectos se han quedado olvidados en algún cajón, resultando totalmente abandonada por las administraciones esta gran obra, testigo de una de tantas aberraciones políticas y esperando su tren. Y es que, tal y como podemos leer en una de las numerosas pintadas: “Los ingenieros hicieron este ferrocarril, los políticos lo destruyeron y el sentido común sigue pidiendo su terminación”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Andrés do Barro – O tren

O tren que me leva pola beira do Miño,
me leva e me leva polo meu camiño.
O tren vai andando pasiño a pasiño
e vaime levando cara o meu destiño.

O tren que me leva camiña e camiña,
vai votando fume, corre pola via.
O rio va felto un mar de ledicias.
No tren pouco a pouco volto a miña Galicia

Fantasmas y vampiros en Torrelodones

Fueron los 80 años de picnics familiares en la cercana sierra madrileña. Pese a encontrarse la sierra de Guadarrama a tan sólo unas decenas de kilómetros de Madrid, la sensación, siendo un niño, es que se emprendía un largo e interminable viaje durante el cual había que buscar y encontrar a toda costa una distracción, una manera de acelerar el transcurso del tiempo dentro de aquel Seat 127 de color difícilmente definible (entre amarillo y naranja). El evocar aquellos larguísimos viajes de 80 kilómetros en aquel entrañable coche evidencia un llamativo contraste en la percepción del paso del tiempo existente entre el niño de aquellos años y el adulto de hoy en día; tiempo que pese a ser medido y dividido con precisión en días, horas, minutos… etc. tiene, a la vez, la capacidad de estirarse o contraerse enormemente.

El viaje desde Madrid a la sierra se hace por la carretera de La Coruña,  (carretera nacional 6), y se pasa por localidades como Majadahonda, Las Rozas o Villalba, pero era, sin duda, Torrelodones la más esperada de todas. En sus proximidades, y perfectamente visible desde la carretera, existe, emplazada sobre unas escarpadas rocas, una torre o atalaya de llamativo alzado y que actuaba como resorte para poner en marcha el mecanismo de mi imaginación cuando era contemplada. A buen seguro que dicha atalaya estaría habitada, como mínimo, por un fantasma, y que en su interior en vez de habitaciones habría frías mazmorras, donde los condenados permanecerían fuertemente encadenados bien a los húmedos muros o bien al techo y que de vez en cuando serían sometidos a terribles tormentos que por aquel entonces me resultaban complicados de imaginar. ¿Cuándo el grupo de amigos organizaríamos una expedición para explorar aquel extraño lugar?

Por si todo esto fuera poco, muy cerca de esta atalaya se encuentra un misterioso caserón, también sobre unas escarpadas rocas, perfectamente recortado sobre el cielo, sombrío y siniestro, cuyo aspecto resulta tan inquietante como su aislamiento, pues no se aprecia ningún camino que conduzca hasta él. Es evidente que un lugar de estas características solo puede ser habitado por un vampiro. Vampiro que a buen seguro se sentiría dichoso y feliz si algún día el grupo de amigos decidieran explorar los alrededores, pues no existe mejor manjar que la sangre de niño. No debíamos fiarnos de la hospitalidad y amabilidad del señor vampiro, que nos ofrecería pasar la noche en su siniestro caserón, esperando a que cayésemos dormidos agotados tras un día entero de juegos y carreras por los largos pasillos, para propinarnos el mortal y succionador  mordisco en nuestros blancos cuellos. Pero lo que no podría pensar el señor vampiro es que en  aquellos años  yo ya contaba con algunas nociones de estacas de madera, cabezas de ajos y crucifijos. Además tampoco olvidaría llevarme un pequeño espejo para cerciórame de que el oscuro habitante de la casa no se refleja en él, delatando así su condición vampírica.

Finalmente, el Seat 127 que conducía mi padre alcanzaba su destino, desapareciendo por completo de mi mente todos estos pensamientos, pues llegaba el momento de sacar del maletero del coche las sillas plegables, la bolsa nevera con las bebidas, la de la comida con la tortilla y la ensalada…

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Escudo de Torrelodones

La atalaya de Torrelodones, o torre de los Lodones fue construida entre los siglos IX y XI por los musulmanes durante el período omeya de Al-Ándalus. La torre representa un símbolo para el pueblo de Torrelodones y ha sido incorporada en su escudo heráldico.Esta curiosa construcción no tenía función defensiva alguna pese a formar parte de un amplio sistema de defensa que el Califato (territorio gobernado por el califa) organizó al sur de la Sierrade Guadarrama ante la presencia cristiana al norte de la sierra. La red de atalayas de la zona formaban una línea cuya función era diferente a la de los castillos más al sur, Mayrit (Madrid) Santorcaz o Alcalá, que contaban con presencia militar y desempeñaban tareas claramente defensivas. Las atalayas cumplían sencillamente con funciones de vigilancia de los grandes valles, conformando un ingenioso sistema, pues estaban situadas a una distancia de unos 2 kilómetros las unas de las otras, posibilitando su contacto visual. Para las comunicaciones y lanzar avisos  sobre posibles ataques cristianos se empleaba el humo o se recurría a simples hogueras durante la noche.

La atalaya de Torrelodones mide cerca de once metros de altura, está construida en granito y además de la torre cuenta con un cuerpo lateral.

-La casona o el Palacio del Canto del Pico es un edificio construido entre 1920 y 1922 como casa-museo para albergar la colección de arte de un aristócrata: José María del Palacio y Abárzuza, y se encuentra en la cima de una montaña granítica. Cuenta la tradición que el aristócrata eligió este lugar para edificar el palacio por recomendación de su médico, pues se creía que el lugar contaba con fuertes concentraciones de rayos ultravioleta supuestamente beneficiosas para la salud.

En este palacio falleció durante una de sus visitas y de manera repentina mientras bajaba unas escaleras en 1925 Antonio Maura, estadista y escritor que fue cinco veces presidente del Consejo de Ministros, tal y como recoge una placa conmemorativa instalada en el interior del edificio: Bajando por esta escalera, ascendió al cielo don Antonio Maura.

Durante la Guerra Civil española el palacio fue sede del Mando Militar Republicano, sirviendo de cuartel a Indalecio Prieto, político socialista, y al General Miaja, quienes dirigieron desde allí la Batalla de Brunete.  Finalizada la guerra, el aristócrata propietario regaló tanto la finca como el edificio al mismísimo Francisco Franco, que lo empleaba como refugio cuando los servicios secretos le alertaban sobre la posibilidad de algún atentado contra su persona. Así mismo, Franco desarrolló en este lugar diversas actividades de ocio; llegó a crear una granja de ovejas, gallinas y abejas que cuidaba personalmente con la colaboración del guarda. Tras su muerte, la propiedad pasó a sus herederos, y ya en los 80 y 90 del XX el palacio quedó en abandono y ruina, siendo víctima de numerosos actos vandálicos, pese a ser vendida en 1988 a la compañía Stoyom Holding Limited (SHL) por 320 millones de pesetas para convertirlo en un hotel de lujo. Jamás se llevó a cabo este propósito.  En 2005 el ayuntamiento de Torrelodones anunció el preacuerdo con la empresa propietaria para que el edificio pase a su propiedad, aunque tal acuerdo aún no se ha materializado.

El palacio no es de ningún tipo de estilo arquitectónico concreto, aunque cuenta con detalles modernistas. Albergó elementos decorativos representativos del arte español de los siglos XIII a XVII, entre ellos columnas y capiteles góticos procedentes del  Castillo de Curiel, puertas del Convento  de las Salesas Reales de Madrid, e incluso el claustro gótico de la Casa del Abad del monasterio cisterciense de Santa María de la Valldigna (Valencia).

Atalaya y Palacio del Canto del Pico

El desconcertante Puente Mocha

Puente Mocha

Durante el verano de 2011 tuve la fortuna de visitar un curioso lugar; situado en la parte occidental de la Comunidad de Madrid, en la sierra, a sólo unos pocos kilómetros de la capital. Se trata del Puente Mocha, que cruza el pequeño río Cofio, afluente del río Alberche, que, a su vez, desemboca en el Tajo.

Nos situamos en las proximidades de Valdemaqueda, muy cerca de Robledo de Chavela, población  famosa entre otras cosas por las instalaciones de la NASA que allí se encuentran, y que sirvieron de apoyo a las misiones Apollo, en una zona de media montaña, muy visitada por excursionistas llegados de Madrid, caracterizada por el dominio del bosque mediterráneo, cuyas especies más características son el pino y la encina.

El Escorial

De bella y monumental planta, cautivador por su majestuosa sencillez, evocador de otros tiempos, el Puente Mocha está rodeado de misterio. Sus orígenes, nada claros, apuntan tradicionalmente a los tiempos de  los romanos, aunque su perfil de “lomo de asno”, es decir, de forma angular, delata un origen medieval que en esta ocasión nos trasladaría a la época de la Reconquista, durante el proceso de repoblación cristiana. De igual modo, calificar este puente como “románico” resulta también aventurado, pues amenudo los puentes siembran dudas a la hora de establecer su datación, ya que durante siglos su morfología ha variado muy levemente. De hecho, hay quien asegura que el puente fue levantado en el siglo XVI, como parte de las infraestructuras construidas en la zona y que se encuentran asociadas al imponente Monasterio del Escorial. Su función bien podría haber sido la de facilitar el transporte de madera proveniente de esta zona boscosa en dirección al conjunto monacal y palaciego anteriormente mencionado. El fenomenal lio en el que nos hemos metido lo podemos rematar añadiendo la afirmación de que tal vez su primitiva estructura haya sido modificada, remodelada y actualizada con el devenir de los años, complicando de este modo su ya de por sí difícil datación.

Arco de medio punto y tajamares

De unos 40 m. de longitud, construido a base de granito, con grandes sillares (bloques de piedra) en su base, que van reduciendo su tamaño hasta convertirse  en mampostería en la parte más alta de la construcción. Aguas arriba, el puente presenta unos tajamares triangulares en sus tres pilares centrales, que  tienen como misión el dividir y repartir con igualdad las aguas a ambos lados del pilar, para de este modo minimizar su resistencia a la corriente del río. El puente, para finalizar,  añade otro nuevo misterio proponiéndonos jugar al despiste; además de Puente Mocha recibe el nombre de Puente de Los Cinco Ojos pese a presentar tan sólo cuatro bóvedas de medio punto y dos vanos de losas planas a ambos lados, lo que nos da la suma total de 6, y siempre 6, ya probemos sumando 4+2 o bien 2+4. Otra posibilidad es la de tener en cuenta tan sólo sus arcos o bóvedas de medio punto, que tanto si las contamos de izquierda a derecha, de derecha a izquierda o en cualquiera de los lados del puente siempre son 4. ¿De dónde sale entonces lo de los cinco ojos?