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Estudiantes de español, odas.

Odas creadas por estudiantes de español nivel B1 de la escuela Buena Vista de Cracovia, Polonia

 

Oda a los bigos

Al principio
mueca agria
fea,
Pero riquísimo,
con pan o patatas,
aunque mejor solo.

Como un mar con
tesoros hundidos,
la col de oro
los frijoles como perlas
el tocino esmeralda.

Y frecuente problema
¿Con cuchara o tenedor?
Una respuesta única
que no existe.

Ewelina

 

Oda al chocolate

Sin ti no hay felicidad
estoy contenta pensando en ti.
Mi chocolate en diferentes dulces,
mi chocolate para beber,
mi chocolate sin leche.

Sin azúcar,
pero con mucho cacao.

Con delicioso sabor
con precioso color,
valores medicinales.

Estoy tranquila pensando en ti,
estoy contenta pensando en ti.

Maria

 

Oda al pepinillo en vinagre

Recto como un alambre
Pero complicado en su gusto
Delgado como una modelo
Olor a naturaleza

Sociable
Le gusta la fiesta
Y en ella siempre participa

Pepinillo en vinagre,
Mi casa es
donde tú estás.

Paulina

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Pablo Neruda: la elevada sencillez de las cosas.

A Leningrado, a la cebolla, al átomo, al edificio, al murmullo, a la energía, al pan…  son solo algunos ejemplos de temas o conceptos dispares a los que Ricardo Eliecer Neftalí Basoalto, más conocido por fortuna como Pablo Neruda, dedica sus conocidas odas recopiladas en sus Odas Elementales en 1954.

Neruda presenta las cosas más pequeñas, elementales, humildes, cotidianas y naturales elevadas a la categoría y grandeza de oda, composición poética muy particular en la que  cosas como la vida o el hombre se presentan sencillas y nunca como complicadas. A partir de este universo sencillo e intrascendente Neruda nos ofrece su visión e interpretación del mundo refiriéndose a la política, al tiempo, a la muerte, a América, al amor o a la poesía entre otras cosas. Su sencillo vocabulario permite la comprensión de sus composiciones por parte de todos, de ahí también, el escaso empleo de americanismos, los cuales tan sólo aparecen cuando se hace imprescindible, por ejemplo cuando el poeta se refiere a animales como el jacamar o el chincol o cuando emplea topónimos como Matto grosso.

La temática, la forma o el sencillo lenguaje empleado no responde al canon clásico de la poesía, “impura como un traje, como un cuerpo con manchas de nutrición y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños…” y logra una universalidad dirigiéndose a todos los hombres independientemente de su clase social. Rompe con los “otros poetas”, que son aquellos que hablan de su propio yo, los que se alegran o se lamentan constantemente, los que se refieren a su amada, a la luna… La poesía de Neruda es de compromiso social, preocupada por los problemas reales del hombre y pretende convertirse en la voz del pueblo para hacer llegar su mensaje de fraternidad y solidaridad. Su labor poética no es una simple afición o un medio de evasión de la realidad, su tarea, su oficio de poeta, está al servicio del pueblo para hacer que tome conciencia, para hacerle despertar y que luche en la defensa de sus legítimos derechos (poema “El hombre invisible”). Por lo tanto Neruda se centra en el mensaje, en el contenido por encima de la forma.

Su ideología política se manifiesta en la visión de igualdad entre los hombres, que comparten derechos, ataca ferozmente a todos los explotadores del pueblo y aboga por una propiedad común de las riquezas de la tierra tal y como se puede comprobar en su “Oda al pan”

Por eso, pan,

si huyes

de la casa del hombre,

si te ocultan,

te niegan,

si el avaro te prostituye,

si el rico

te acapara,

si el trigo

no busca surco y tierra,

pan,

no rezaremos,

pan,

no mendigaremos

lucharemos por ti con otros hombres

La preocupación por la realidad Latinoamericana queda reflejada en diferentes odas; “Oda a las Américas”, “Oda al coche”, “Oda al tomate”, “Oda a las aves de Chile”… etc. apareciendo la crítica a los Estados Unidos como nación opresora, violenta y oportunista que se erige en explotadora de toda Sudamérica, y tampoco se olvida de la opresión ligada a los colonizadores españoles, dejando patente un fuerte sentimiento americano.

A la publicación las Odas Elementales en 1954 le seguirían las Nuevas Odas Elementales en 1956, el Tercer Libro de Odas en 1957 y Navegaciones y Regresos en 1959.

El hombre invisible, Pablo Neruda

El hombre invisible, Pablo Neruda

Yo me río,
me sonrío
de los viejos poetas,
yo adoro toda
la poesía escrita,
todo el rocío,
luna, diamante, gota
de plata sumergida,
que fue mi antiguo hermano,
agregando a la rosa, pero
me sonrío,
siempre dicen “yo,”
a cada paso
les sucede algo,
es siempre “yo,”
por las calles
sólo ellos andan
o la dulce que aman,
nadie más,
no pasan pescadores,
ni libreros,
no pasan albañiles,
nadie se cae
de un andamio,
nadie sufre,
nadie ama,
sólo mi pobre hermano,
el poeta,
a él le pasan
todas las cosas
y a su dulce querida,
nadie vive
sino él solo,
nadie llora de hambre
o de ira,
nadie sufre en sus versos
porque no puede
pagar el alquiler,
a nadie en poesía
echan a la calle
con camas y con sillas
y en las fábricas
tampoco pasa nada,
no pasa nada,
se hacen paraguas, copas,
armas, locomotoras,
se extraen minerales
rascando el infierno,
hay huelgas,
vienen soldados,
disparan,
disparan contra el pueblo,
es decir,
contra la poesía,
y mi hermano
el poeta
estaba enamorado,
o sufría
porque sus sentimientos
son marinos,
ama los puertos
remotos, por sus nombres,
y escribe sobre océanos
que no conoce,
junto a la vida, repleta
como el maíz de granos,
él pasa sin saber
desgranarla,
él sube y baja
sin tocar la tierra,
o a veces
se siente profundísimo
y tenebroso
él es tan grande
que no cabe en sí mismo,
se enreda y desenreda,
se declara maldito,
lleva con gran dificultad la cruz
de las tinieblas,
piensa que es diferente
a todo el mundo,
todos los días come pan
pero no ha visto nunca
un panadero
ni ha entrado a un sindicato
de panificadores,
y así mi pobre hermano
se hace oscuro,
se tuerce y se retuerce
y se halla
interesante,
interesante,
ésta es la palabra,
yo no soy superior
a mi hermano
pero sonrío,
porque voy por las calles
y sólo yo no existo,
la vida corre
como todos los ríos,
yo soy el único
invisible,
no hay misteriosas sombras,
no hay tinieblas,
todo el mundo me habla,
me quieren contar cosas,
me hablan de sus parientes,
de sus miserias
y de sus alegrías,
todos pasan y todos
me dicen algo,
y cuántas cosas hacen!
cortan maderas,
suben hilos eléctricos,
amasan hasta tarde en la noche
el pan de cada día,
con una lanza de hierro
perforan las entrañas
de la tierra
y convierten el hierro
en cerraduras,
suben al cielo y llevan,
cartas, sollozos, besos,
en cada puerta
hay alguien,
nace alguno,
o me espera la que amo,
y yo paso y las cosas
mi piden que las cante,
yo no tengo tiempo,
debo pensar en todo,
debo volver a la casa,
pasar al Partido,
qué puedo hacer,
todo me pide
que hable,
todo me pide
que cante y cante siempre,
todo está lleno
de sueños y sonidos,
la vida es una caja
llena de cantos, se abre
y vuela y viene
una bandada
de pájaros
que quieren contarme algo
descansando en mis hombros,
la vida es una lucha
como un río que avanza
y los hombres
quieren decirme,
decirte,
por qué luchan,
si mueren,
por qué mueren,
y yo paso y no tengo
tiempo para tantas vidas,
yo quiero
que todos vivan
en mi vida
y cante en mi canto,
yo no tengo importancia,
no tengo tiempo,
para mis asuntos,
de noche y de día
debo anotar lo que pasa,
y no olvidar a nadie.
Es verdad que de pronto
me fatigo
y miro las estrellas,
me tiendo en el pasto, pasa
un insecto color de violín,
pongo el brazo
sobre un pequeño seno
o bajo la cintura
de la dulce que amo,
y miro el terciopelo duro
de la noche que tiembla
con sus constelaciones congeladas,
entonces
siento subir a mi alma
la ola de los misterios,
la infancia,
el llanto en los rincones,
la adolescencia triste,
y mi sueño,
y duermo
como un manzano,
me quedo dormido
de inmediato
con las estrellas o sin las estrellas,
con mi amor o sin ella,
y cuando me levanto
se fue la noche,
la calle ha despertado antes que yo,
a su trabajo
van las muchachas pobres,
los pescadores vuelven
del océano,
los mineros
van con zapatos nuevos
entrando en la mina,
todo vive,
todos pasan,
andan apresurados,
y yo tengo apenas tiempo
para vestirme,
yo tengo que correr:
ninguno puede
pasar sin que yo sepa
adónde va, qué cosa
le ha sucedido.
No puedo sin la vida vivir,
sin el hombre ser hombre
y corro y veo y oigo
y canto,
las estrellas no tienen
nada que ver conmigo,
la soledad no tiene
flor ni fruto.
Dadme para mi vida
todas las vidas,
dadme todo el dolor
de todo el mundo,
yo voy a transformarlo
en esperanza. Dadme
Todas las alegrías,
aun las más secretas,
porque si así no fuera,
cómo van a saberse?
Yo tengo que cantarlas,
dadme las luchas
de cada día
porque ellas son mi canto,
y así andaremos juntos,
codo a codo,
todos los hombres,
mi canto los reúne:
el canto del hombre invisible
que canta con todos los hombres.

Las lágrimas de tecnócrata y el conde Lucanor

En prensa, en televisión, en la radio… la noticia son las lágrimas de Elsa Fornero,  ministra de Trabajo del actual gobierno técnico italiano, que se precipitan rostro abajo acosadas por los 30.000 millones de euros de “ajuste” aprobado por el gobierno de Mario Monti. Ajuste que consistirá en recortes en el gasto y en las ya mermadas pensiones, pero para que no todo vaya a ser rebaja también incluirá un incremento en los impuestos.

Pero, ¿Qué sentimientos provoca en la dama el desmesurado empleo de la tijera? ¿Llora por pena? ¿Por Italia? ¿Llora de emoción ante esta primeriza medida tecnócrata? ¿Por verse obligada a cumplir con lo que Merkel y los mercados mandan? Si comunica una medida con la que no está de acuerdo, ¿Tal vez llora por ver heridos sus supuestos escrúpulos morales? ¿Acaso se trata de rabia? Si así fuera, ¿No debería dimitir? ¿Cómo deberíamos, pues, interpretar este tecnócrata llanto?… ¡Oh! Son tantas las dudas…Y vos Patronio, ¿Qué pensáis de todo esto?

Cuento XIII
Lo que sucedió a un hombre que cazaba perdices
[Cuento. Texto completo]

Juan Manuel

Hablaba otra vez el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y díjole así:

Patronio, algunas personas muy importantes, y también otras que no lo son tanto, me hacen daño a veces en mi hacienda o en mis vasallos y, cuando me ven, me dicen que les pesa mucho y que lo hicieron obligados por la necesidad y porque no podían en aquel momento hacer otra cosa. Como quiero saber qué conducta seguir cuando tales cosas me sucedan, os ruego que me digáis qué pensáis de esto.

-Señor conde Lucanor -respondió Patronio-, lo que os pasa y os preocupa tanto se parece mucho a lo que sucedió a un hombre que cazaba perdices.

El conde le rogó que se lo contara.

-Señor conde -dijo Patronio-, un hombre puso redes a las perdices y, cuando cayeron, se llegó a ellas y, conforme las iba sacando, las mataba a todas. Mientras hacía esto le daba el viento en la cara con tanta fuerza, que le hacía llorar. Una de las perdices que aún estaba viva empezó a decir a las que quedaban dentro de la red:

-Ved, amigas, lo que hace este hombre, que, aunque nos mata, nos compadece y llora por eso.

Otra perdiz, que por ser más sabia que la que hablaba no cayó en la red, le dijo desde fuera:

-Amiga, mucho le agradezco a Dios el haberme guardado del que quiere matarme o hacerme daño y simula sentirlo.

Vos, señor conde Lucanor, guardaos siempre del que os perjudica y dice que le pesa; pero si alguien os perjudica involuntariamente y el daño o pérdida no fuera mucho, y esa persona os hubiera ayudado en otra ocasión o hecho algún servicio, yo os aconsejo que en este caso disimuléis, siempre que ello no se repita tan a menudo que os desprestigie o lesione mucho vuestros intereses. De otra manera, debéis protestar con tal energía que vuestra hacienda y vuestra honra queden a salvo.

El conde tuvo por buen consejo éste que le daba Patronio, lo puso en práctica y le fue muy bien. Viendo don Juan que este cuento era muy bueno, lo mandó poner en este libro y escribió unos versos que dicen así:

Procúrate siempre muy bien guardar
del que al hacerte mal muestra pesar
.

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Don Juan Manuel

El conde Lucanor es un libro de cuentos moralizantes y didácticos escrito entre 1330 y 1335 por el infante Don Juan Manuel. Se trata, sin duda, de una de las obras más importantes de la narrativa en prosa del siglo XIV. Un dubitativo conde Lucanor solicita la ayuda de Patronio, su consejero, ante la incertidumbre de no saber qué hacer en una circunstancia determinada. Patronio ofrece su consejo con un cuento del que el conde podrá extraer una enseñanza que le resulte útil para resolver el problema que le preocupa. Cada capítulo termina de manera similar: “Et entendiendo don Johan que estos exiemplos eran muy buenos, fízolos escribir en este libro, et fizo estos viesos en que se pone la sentençia de los exiemplos. Et los viessos dizen así”.

 

La Celestina, Fernando de Rojas (II)

Calisto, perdidamente enamorado de la joven Melibea se encuentra confuso, paralizado y sin saber muy bien qué hacer para lograr acercarse a su amada.  Desesperado, habla con su compañero, el becario Sempronio, el cual no duda en recomendarle los servicios de una vieja alcahueta llamada Celestina, asegurando al sorprendido Calisto que la vieja es capaz de doblegar voluntades gracias a su charlatanería, siendo además una experta en conjuros mágicos y en feng shui, y que para colmo regenta un prostíbulo. La idea resulta demasiado tentadora, pero… un joven como Calisto, educado, además de mileurista gracias a un fenomenal contrato temporal, ¿debe recurrir al amor blasfemo e indigno que le propone su amigo el becario? Nunca y en ningún caso. Calisto ha reflexionado y sabe que sus sentimientos hacia la joven Melibea son algo que roza lo místico, y su expresión sólo puede ser noble y caballeresca, siguiendo siempre los pasos que marca el llamado amor cortés, con el goce y disfrute lujurioso y carnal en un segundo o tercer plano, siempre lo suficientemente alejado como para no contaminar sus nobles sentimientos.

Calisto comienza a forzar encuentros “casuales” con la joven Melibea, en el mercado, a la salida de la iglesia, en los verdes prados que hay junto al río… y las miradas se cruzan, apartándose de manera rápida durante los primeros encuentros, y siendo más sostenidas tiempo después. Calisto es un muchacho paciente y lleno de virtudes que Melibea poco a poco irá descubriendo.

Hasta que un buen día, al mismo tiempo que la lluvia caía en la ciudad, la suerte lo hacía sobre Calisto. Melibea estaba sola, en la calle, sin protección alguna bajo una persistente tormenta. El joven, corre rápido y le ofrece su brazo para conducirla a una taberna cercana. La taberna, acogedora y cálida, ofrece entre sus manjares y delicias un curioso plato innovador, de origen otomano y conocido como ke-bab, importado por los españoles tras la batalla naval de Lepanto en 1571 contra el poderoso imperio turco, y que poco a poco se impondría al insulso, caro y siempre escaso shushi, cuyo origen proviene de las indias más lejanas de todas, probablemente de Cipango, y que pese a consistir en un simple pescado crudo, resultaba ser lo más chic en la sociedad de la época.

Los ojos de Melibea brillaban y permanecían cerrados durante los instantes precisos en los que saboreaba tan delicioso manjar. Sus labios, sonrosados y pequeños, se mostraban insinuantes. La joven, reconfortada, sonrió al Calisto, y tras la cena ambos caminaron charlando sobre banalidades hasta que se despidieron junto a la puerta de la casa de la muchacha, no sin antes concertar un nuevo encuentro para la siguiente semana.

Fue de este modo como poco a poco Melibea descubrió al joven caballero Calisto. Su actitud siempre atenta y detallista y sus maneras serviciales y atentas no pasaron inadvertidas a la joven, y pronto comenzó a sentir un cosquilleo en el estómago ante la presencia de Calisto. Inevitablemente ella también cayó enamorada.  Las numerosas leguas recorridas en largos y habituales paseos a orillas del río junto con las confesiones de íntimos secretos durante otoñales tardes en los jardines de la ciudad, propiciaron que se presentara el momento que tanto había deseado y esperado Calisto. Llegó la hora de declarar formalmente su amor, el cual fue correspondido y oficializado poco tiempo después ante el padre de Melibea, Pleberio. Pleberio aseguró sentirse muy feliz si su hija se sentía de igual modo, y brindaron con vino por la buena noticia, deseando amor y salud a la joven pareja.  Finalmente con un optimismo desbordante y bajo la influencia del vino, Pleberio se puso en pie dispuesto a pronunciar unas palabras:

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¡Oh amor, amor! Que no pensé que tenías fuerza ni poder para obsequiar a tus clientes. ¿Quién te dio tanto poder? Si no amases a tus sirvientes no les darías tanta excitación y dulzura. Dulce nombre te dieron, y tal son los hechos que haces. Alegra tu sonido y espléndido es tu tratamiento. Bienaventurados son todos los que conociste o de los que te preocupaste. Aunque ciegos son tus ministros, siempre pueden sentir el agradable permio que obtienen de tu servicio.

                                                                                                                        Pawel Dyras

¡Oh amor, amor! Quién no te ha sentido una vez no puede decir que viva. Tanta fuerza, tanta alegría y tanta luz en vida que nos das. Para los amantes el aire tiene un olor maravillosos, el sol brilla con más intensidad durante el día y por la noche las estrellas se hallan más cerca de la Tierra, son más visibles y la Luna siempre es llena.

Contigo se puede creer en todo. Sólo tú permites olvidar todo lo malo que pasó en la vida y sólo tú das la esperanza que no muere. ¡Amor, amor! ¿Quiénes seríamos nosotros sin ti?

                                                                                                                                Anónimo

¡Oh amor, amor! ¡Qué palabra más bonita! Quien te inventó conocía el sonido del paraíso. Tu nombre es el reflejo de la perfección y de la dulzura de la rica miel. Felices son los que te han captado y comprenden la profundidad y la complejidad de tu ser omnipresente. Eres la causa del todo: de la sonrisa en los labios del amante, del latido acelerado del corazón querido, de las lágrimas de la felicidad, del toque de la mano cariñosa, de los poemas eróticos y del encantamiento seductor. ¡Qué poder incomprensible tienes!

Cambias la vida de los más humildes que no tienen nada, así como de los que disfrutan de las riquezas innumerables de este mundo. La hora de tu llegada es un enigma inexplicable y la sorpresa de la instantánea comprensión mutua. Das alas a los pintores, escultores y escritores. Si no existieses no seríamos capaces de descorrer un poco el velo del cielo, del mundo perfecto que nos ofrece las emociones más fuertes y nos trae la presencia del alma querida, de nuestra media naranja. Te ponen un arco en la mano para que tus flechas puedan acertar a los corazones solitarios. En tu ser está impresa la memoria primordial de los días del Edén. Si no te tuviéramos seríamos ciegos en la oscura cueva de la melancolía. Bienaventurados los que te conocen y respetan tus leyes. La vida está más llena si la adornamos con tu magnetismo irresistible.

Monika Stawarska

Textos redactados por los alumnos de nivel C1+ de español de la escuela Buena Vista de Cracovia.

La Celestina, Fernando de Rojas (I)

La Celestina, de Fernando de Rojas, escrita durante el reinado de los Reyes Católicos, (su primera edición conocida es de 1499) es una de las obras cumbres de la literatura española.

La obra se inicia con el encuentro casual de los jóvenes Calisto y Melibea en el huerto de esta última, y pese a ser Calisto en un inicio rechazado, cae perdidamente enamorado de la bella joven. Debido a esto rápidamente busca el consejo de su criado Sempronio, quien pone el caso en manos de una vieja, antigua prostituta, regente de un prostíbulo y siendo al mismo tiempo alcahueta profesional, llamada Celestina. La vieja, haciéndose pasar por vendedora de diversos artículos, entra en las casas, y de este modo actúa de casamentera o bien trata de concertar citas amorosas.

 

alcahuete, ta.1. m. y f. Persona que concierta, encubre o facilita una relación amorosa, generalmente ilícita.

Un segundo criado de Calisto, Pármeno, trata de persuadir a su amo para que no recurra a los servicios de la vieja, pues conoce sus modos y malas artes perfectamente al haber sido su madre maestra de la Celestina en el pasado. Calisto, lejos de agradecer la buena voluntad y la sinceridad de su criado, acaba despreciándolo, pues en su mente tan sólo se encuentra la idea de satisfacer sus deseos. Pármeno se convierte en un obstáculo para los propósitos de Celestina y Sempronio, que tratan de obtener una generosa recompensa del joven y enajenado Calisto en forma de diferentes riquezas y regalos.

Celestina no tarda en hacer uso de su poder dialéctico y en prometer los favores de una de sus pupilas a un confundido Pármeno, el cual pronto verá su voluntad secuestrada. La vieja ahora puede lanzarse a debilitar la voluntad de Melibea, recurriendo a la magia mediante un conjuro a Plutón, y volviendo a poner en marcha sus habilidades dialécticas para lograr nuevamente sus propósitos: Finalmente Melibea cae perdidamente enamorada de Calisto.

Calisto rebosa felicidad, y muy agradecido a la vieja alcahueta, la recompensa con una valiosa cadena de oro que no tardará en convertirse objeto de discordia, pues Celestina, cegada por la codicia, se niega repartir el premio con los criados, Sempronio y Pármeno, quienes tirarán por la calle del medio y asesinarán a la vieja. Pero para su desgracia los dos jóvenes no tardarán en ser apresados para ser, poco después, decapitados.

En este momento entran en escena dos muchachas que prestan sus servicios carnales en el prostíbulo de la vieja asesinada, y que eran las amantes de los dos muchachos ejecutados, las cuales  no dudarán en ponerse en contacto con Centurio, un fanfarrón cuya fuerza se le va por la boca, para que asesine a Calisto. El incompetente Centurio, tan sólo será capaz de armar un alboroto en plena calle, mientras Calisto y Melibea gozan de su amor. Calisto alarmado por los gritos que provienen de la calle, y pensando que sus criados están en peligro, corre en su auxilio, saltando el muro de la casa de su amada y queriendo la mala fortuna que perdiera el equilibrio para caer desde una altura considerable, perdiendo así la vida.

Melibea, desesperada ante tamaña fatalidad, acaba suicidándose, terminando la obra con el lamento y el dolor de Pleberio, padre de la joven, roto ante la trágica muerte de su hija:

¡Oh amor, amor! ¡Que no pensé que tenías fuerza ni poder de matar a tus sujetos! (…) ¿Quién te dio tanto poder? ¿Quién te puso nombre que no te conviene? Si amor fueses, amarías a tus sirvientes. Si los amases, no les darías penas. Si alegres viviesen, no se matarían, como ahora mi amada hija. Todo eso causas. Dulce nombre te dieron, amargos hechos haces. No das premios iguales. Inútil es la ley que no es igual para todos. Alegra tu sonido, entristece tu trato. Bienaventurados los que no conociste o de los que no te preocupaste. (…)

Ciego te pintan, pobre y mozo. Te ponen un arco en la mano, con que tiras a tientas, más ciegos que tú son tus ministros (los enamorados), que jamás sienten ni ven el desagradable premio que sacan de tu servicio (…) La leña que gasta tu llama son almas y vidas de humanas criaturas.

Texto adaptado.

Eduardo Mendoza en Cracovia

28 de octubre de 2011, sala Wyspianskiego de la escuela de arte dramático, 18 h. de la tarde, radios, televisiones, un puñado de  fotógrafos y un público tan numeroso como bien predispuesto conformaron una atmosfera propia de un concierto de rock. El escritor Eduardo Mendoza se presenta en la, como diría un redactor de TVE, ciudad “medieval” de Cracovia, arropado por toda la comunidad de “lo español”, encabezada por el omnipresente Instituto Cervantes, ese otro estado español bien troceado y repartido por todos los rincones del mundo, embajadores de su propia cultura, su propia lengua y valores,  que año tras año se empeña de manera infructuosa en dar con la palabra más bella de nuestra lengua (¿República?).

El pre acto, y para sorpresa de nadie, se presenta envuelto en las dosis de jabón y vaselina que los organizadores estiman adecuadas a la personalidad central del evento; unos cuantos chistes y chascarrillos previsibles y un vídeo de más que digna factura sirven para poner al auditorio en situación. Pero, ¿en qué situación?

Pues en la que deriva a una larga charla sobre avatares editoriales, sobre títulos publicados o no publicados, traducciones… acrecentando así la impaciencia de la sala. Las manecillas del reloj se empeñan en mostrar las 18.35 h. sin que un aparentemente somnoliento Eduardo Mendoza haya pronunciado aún una sola palabra. Sin duda, al menos una parte de los asistentes al acto, empezaba  a dar por cierta la afonía del escritor a la que se refirió anteriormente y jocosamente uno de los conductores del evento.

Pero por fortuna, minutos después, Eduardo Mendoza se pronuncia acerca de La isla inaudita, novela NO ambientada en Barcelona. Mendoza se declara cansado y harto de la Barcelona fashion post olímpica; ¿Por qué no me dais un sueldo? asegura el propio escritor que espetó al alcalde de Barcelona, lo cual puede tener sentido si tenemos en cuenta, por ejemplo, como el ayuntamiento y la Generalitat (gobierno autonómico catalán) subvencionaron generosamente al cineasta W. Allen para que llevara a cabo su publirreportaje Vicky, Cristina, Barcelona, donde queda plasmada esa ciudad trendy ñoña a la que se refería Mendoza, y que tanto y tan bien ha calado por estas latitudes centro europeas.  ¿Chasco para la audiencia? Es posible, pero lo que sí es seguro es que a una personalidad de la altura de E. Mendoza se le puede perdonar casi todo.

Por todo ello, la acción novelística de La isla inaudita se traslada a una ciudad antítesis de la cool ciudad española o catalana: Venecia. Venecia como ciudad oscura, calificada como triste, sin habitantes naturales, pero atestada de turistas, con sus grandes casonas cerradas y su ambiente recargado. Pero la conversación, al rato,  vuelve a tomar una peculiar deriva, centrándose en diferentes santos, con Mendoza relatando una anécdota en la que tres tías suyas, ancianas, guardaban con celo y envueltos en periódicos, los restos de un santo que un párroco logró salvar cuando se produjo el estallido de la guerra civil española.

Las aguas vuelven a reconducirse cuando se trata el tema de los personajes literarios,  siendo en este momento cuando se aborda el tema de mayor interés del evento.  Mendoza explica cómo sus personajes, por regla general, llegan a un lugar determinado, donde viven una serie de experiencias que se pueden calificar de “anormales”, bien espirituales o de otro tipo, para, finalmente, regresar al mundo del que habían venido. Y es que este sencillo esquema es el que rige gran parte de la literatura, siendo El Quijote un claro ejemplo. El trazo de los personajes en la obra de Mendoza consiste en una prolongación de la propia persona del autor, en unos casos como meros testigos , sin apenas personalidad, de acontecimientos que se van sucediendo, siendo estos acontecimientos la clave de la obra, mientras que en otras ocasiones el protagonista pasa a ser el eje central de la novela, jugando los acontecimientos un papel secundario en este caso, y donde los sentimientos y emociones experimentadas por dichos personajes se convierten en la base primordial.

La isla inaudita, publicada en España en 1989 y ahora, en 2011, en Polonia,  junto con su trilogía compuesta por El misterio de la cripta embrujada (1979), El laberinto de las aceitunas (1982) y La aventura del tocador de señoras (2001) son ejemplos asociados a la picaresca que se desarrolló en España durante el llamado Siglo de Oro (s. XVI – XVII), y que se caracteriza por sus personajes pícaros, ejemplares antihéroes, de narración habitualmente en primera persona, una ideología moralizante y abiertamente pesimista y una crítica de todas las capas sociales. De alguna manera Eduardo Mendoza apuesta por una vuelta a la narrativa más clásica y tradicional, apareciendo, además de la picaresca española,  universalizada con el paso del tiempo, la figura de Cervantes como referente.

El acto no dio mucho más de sí, se retorna a los chistes, chascarrillos y anécdotas, quedando el evento un tanto famélico en contenido, pero generoso en cifras, que será lo que al fin y al cabo interese a las instutuciones organizadoras: las correspondientes al número de asistentes y las de ejemplares firmados. Y aún quedan las más importantes: las correspondientes a las ventas del título ahora presentado en Polonia.

El gran mito de la literatura

Una de las mayores aspiraciones de todo hombre es el poder llevar una vida libertina, gozando de todos los placeres que la vida nos ofrece. Bien es cierto que tenemos ante nosotros la justicia divina, “no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague”, pero también existe la posibilidad  y el beneficio de arrepentimiento, y por tanto, de la obtención del perdón antes de comparecer ante Dios.

En mi mente aún continúan vivos los tiempos cuando estando en Nápoles seduje a la duquesa Isabela haciéndome pasar por el que era su prometido, el mismísimo duque Octavio. La mala suerte quiso que la luz de un farol revelara mi identidad y tuve que escapar rápidamente, saltando desde un balcón a los jardines del palacio.

A mi regreso a España, el barco en el que viajaba sufrió un naufragio del que me salvé de manera milagrosa. La suerte estuvo conmigo en esta ocasión, y una pescadora llamada Tisbea me auxilió y ayudo, llevándome a la cabaña donde vivía. Aproveché que el destino me regalaba estos momentos a solas con la bella joven para seducirla y gozarla en su humilde casa, lugar del que escapé horas después robando dos yeguas que Tisbea había criado.

Pronto llegué a Sevilla, ciudad a la que ya habían llegado las noticias de Nápoles provocando un conflicto diplomático, pues la duquesa Isabela era la hija del Rey. Mi tiempo en aquellas fechas lo ocupaba, entre otras cosas, en dar largos paseos por esta bella ciudad andaluza, disfrutando del clima y la alegría de las gentes. En uno de estos paseos me encontré con mi buen amigo el Marqués de la Mota. Celebramos nuestro encuentro compartiendo vino en diferentes tabernas, y sobre todo, hablando de mujeres en todos los sentidos que se puedan imaginar. Fueron muchas las risas, hasta que en un momento, mi amigo dejó de reír y su buen humor se transformó en seriedad. Comenzó a hablar sobre una mujer llamada Ana de Ulloa, de la que estaba perdidamente enamorado. Me aseguró que se trataba de la mujer más bella de Sevilla, y tras su largo monólogo acerca de los encantos de esta joven, mi imaginación echó a volar, llevándome a un mundo de aromas, sensaciones, curvas y deseo carnal, siendo poco a poco mi deseo de poseer y gozar de tan bella mujer comparable a la inmensidad de los océanos.

Los días siguientes los compartí con tan grande deseo, el cual dominaba a mi persona, y mi imaginación no me daba descanso alguno, hasta que una misteriosa carta llegó a mis manos. Mi curiosidad hizo que la abriera para pasar a su lectura. Se trataba de una carta que Ana de Ulloa dirigía a mi amigo el Marqués de la Mota, la cual le citaba en su casa a las 11 de la noche, asegurando que la puerta estaría abierta y que de este modo podrían encontrarse a solas. ¡Un encuentro nocturno con Ana de Ulloa! Rápidamente salí en busca de mi amigo y le conté la gran noticia. Le expliqué que Ana lo esperaba esa misma noche a las 12. Con mi engaño se presentaba la oportunidad de conocer a la mujer a la que se dirigían todos mis deseos y pensamientos y en un momento, inventando una estúpida escusa,  tuve la idea de pedirle a mi buen amigo su capa. El Marqués me la dejó, y con ella me presenté en casa de Ana de Ulloa a las 11.

La gran felicidad que sentía pronto desapareció por completo. La joven, no se aún cómo ni por qué, se dio cuenta de que yo no era el hombre que esperaba y comenzó a gritar. Los gritos llegaron a oídos de su padre, el Comendador Don Gonzalo de Ulloa, que se presentó ante mí espada en mano. La desgracia quiso que mi espada diera muerte al Comendador, pudiendo así escapar de esta complicada escena.

No mucho tiempo después, y lejos de Sevilla, fui invitado a la celebración de un casamiento entre dos jóvenes plebeyos, Aminta y Patricio. Antes de la celebración tuve ocasión de reunirme con el joven novio, y en tono conciliador, le declaré que su joven prometida ya no era una muchacha con honor, pues no mucho tiempo atrás ella se me entregó al goce carnal. Patricio, mudo, dolido, y con lágrimas en los ojos, se marchó en silencio. La joven Aminta no entendía nada de lo que había ocurrido, y pronto me puse a su lado para consolarla ante la penosa desaparición de su prometido. En estas circunstancias seduje a la bella plebeya con promesas de casamiento, de oro y muchas otras riquezas. Aminta, ilusionada por el prometedor futuro que le pinté, no pudo resistirse y se me ofreció en lo carnal. Gocé mucho de ella esa noche, pero nuevamente tuve que escapar a toda prisa cuando se descubrió mi engaño.

Mi fama ya era conocida en toda la región, y hasta el rey ordenó hacerme preso. Sin saber muy bien a donde escapar, desorientado y perdido, llegué a una vieja iglesia. Entré en ella del modo más silencioso que pude, y allí me encontré con una tumba; la tumba del mismísimo Comendador Gonzalo de Ulloa, el hombre al que había matado con mi espada tiempo atrás. Junto a la tumba se levantaba una fría estatua del Comendador, la cual parecía mirarme. Reí mucho al ver a uno de mis perseguidores convertido en piedra, inofensivo e inmóvil ante mí, y burlándome de él, lo invité a cenar a mi casa.

Para mi sorpresa y asombro, lo inexplicable se hizo realidad y a la hora de la cena la estatua se presentó en mi casa. Me asusté, pero decidí actuar con normalidad. La cena fue servida, y la velada resultó agradable. El Comendador de piedra me invitó a cenar a la iglesia donde ahora vivía la noche siguiente. Mostrando mis respetos acepté su amable propuesta, y acudí a la iglesia. La estatua, como buena anfitriona, me ofreció su mano al llegar, y en el instante que mi mano tocó la suya, de manera repentina, sentí un fuego abrasador que recorrió todo mi cuerpo en un instante. Mi cuerpo se convertía por momentos en cenizas, pero tuve tiempo de gritar al Comendador que nunca llegué a deshonrar a su hija Ana de Ulloa… Poco después sentí como me hundía en la fría y profunda tumba, finalizando de este modo mis días en este mundo. “Muerto soy”.

Ahora, y tras conocer mi historia y mis goces con toda clase de mujeres, mi nombre seguramente sea fácilmente reconocido por todos: Don Juan.

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El burlador de Sevilla de Tirso de Molina, es una obra de teatro publicada en 1630 que supone la creación del mito de Don Juan, recreado posteriormente por José de Zorrilla en el siglo XIX con su Don Juan Tenorio, por Mozart con su ópera Don Giovanni, por Richard Strauss, por Moliere, Lord Byron.. Pero seguramente este Don Juan ya existía antes de la obra de Tirso de Molina en el imaginario colectivo popular, y su pervivencia se debe a su carácter moralizador y profundamente católico que trata de mantener dentro del orden establecido la vida y todo pensamiento.

Don Juan representa la ruptura de todas las normas y reglas establecidas, para quien la moral de la iglesia y la justicia de los hombres no tienen ningún valor, encontrando el sentido de la vida en el juego y en el disfrute de todos los placeres. Probablemente sea este uno de los sueños más antiguos del ser humano: una vida en absoluta libertad, y al mismo tiempo la mayor pesadilla para la estricta mentalidad de la España de la época. El burlador de Sevilla acaba de manera trágica, con un Don Juan abrasado por el fuego del infierno, castigado por su errónea conducta,  mientras que el Don Juan Tenorio muere tras arrepentirse, liberado por su amor a Doña Inés.

A día de hoy, curiosamente, “ser un Don Juan” es un halago, el mayor elogio que se le puede hacer a un “macho”. Si un hombre recibe tal calificativo debemos entender que una de sus principales ocupaciones es la de seducir mujeres y que además, éstas caen rendidas a sus pies. ¿Qué motivos han llevado a una simplificación tan radical de un personaje literario tan lleno en sus orígenes de matices y contradicciones morales?

La frivolización del mito de Don Juan ha hecho olvidar el retrato que hizo Tirso de Molina de la condición humana mediante este personaje contradictorio, que movido por su absoluto egoísmo enfrenta duramente la esencia del instinto con las creencias religiosas, con las normas de conducta y leyes, a menudo absurdas, con las que el hombre civilizado a intentado “domesticar”  y someter ese instinto a lo largo de los siglos. ¿Es Don Juan una víctima? ¿Lo somos todos nosotros?