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El Dorado: la expedición de Saura

El Dorado

País: España

Año: 1988

Duración: 149 minutos

Director: Carlos Saura

Reparto: Omero Antonutti, Inés Sastre, Lambert Wilson, José Sancho, Francisco Algora, Eusebio Poncela, Gabriela Roel, Feodor Atkine.

 

La leyenda, el mito, habla de una ciudad pavimentada y construida a base de oro. Habla del oro que que empleaba el rey que la gobernaba para cubrirse de pies a cabeza, habla de ceremonias rituales en las que el más preciado de los metales era arrojado a un lago… En Colombia, o tal vez en Venezuela. Hay quien sitúa esta ciudad en Brasil o en Perú, aunque bien podría ser que se hallara localizada en Ecuador. O en Bolivia…

El Dorado, motivo y objeto de grandes expediciones emprendidas a lo largo del s. XVI por unos buscavidas capaces de jugárselo todo a una carta para alcanzar la gloria y sobretodo la fortuna. Contra un océano selvático desconocido e impenetrable. Contra el clima y la humedad que pudre la madera de las embarcaciones. Contra sus propias ambiciones, traiciones y sed de gloria y poder. Contra toda lógica y probabilidad. Por nuestro rey  y señor Felipe II, Carlos I, Isabel la Católica…

A su busca se lanzaron Don Ángel Guerra, Francisco de Orellana, Sebastián de Belalcázar e incluso Francisco Pizarro con poco o nulo éxito y las más de las veces con mucho desastre y abundante penalidad.

En 1988 el realizador Carlos Saura se embarca en el más ambicioso y caro proyecto cinematográfico emprendido hasta la fecha en España para rubricar El Dorado, película nominada para 9 premios Goya y que no logró hacerse con ninguno de ellos. Esta superproducción nos lleva a 1560, al Perú, punto de partida de una de las más sonadas expediciones en busca de la ciudad del oro comandada por el navarro Pedro de Ursúa pero que terminaría protagonizando Lope de Aguirre El Loco o también El Peregrino tal y como gustaba denominarse y que ya contó con su protagonismo cinematográfico en 1972 con la psicotrópica y beoda Aguirre, la cólera de Dios de Werner Herzog, protagonizada por un Klaus Kinski de demente y perturbada mirada y etílicos diálogos que sirvió de inspiración al mismísimo Coppola para filmar en 1970 Apocalypse Now.

Klaus Kinski

La expedición de Ursúa se prolongaría durante algo más de un año navegando por el río Marañón, el Amazonas y el Orinoco a bordo de dos bergantines, un par de barcazas y algunas balsas y canoas. Tal vez Andrés Hurtado de Mendoza, Virrey del Perú, pensara que organizando dicha expedición, y bajo el irresistible reclamo del oro, terminarían por acudir aquellos conflictivos militares que recientemente habían protagonizado ciertas “alteraciones del orden vigente” y que de este modo estarían ocupados durante una temporada alejados y dentro de una empresa de búsqueda incierta con unos resultados presumiblemente calamitosos. 300 españoles, algunos esclavos negros y un montón de sirvientes indios se lanzaron a tan insensata aventura.

Bajo una atmosfera de tedio, navegando por un río que se antoja interminable, bajo un paisaje invariable que permanece inmutable durante días, semanas y meses pronto aparecerán las conjuras y traiciones. El asesinato, el engaño, las intrigas y las venganzas. Los que apoyan a un capitán y los que apoyan al otro, los que desean regresar al Perú y los que aún creen en la empresa que se traen entre manos. Y en medio de esta merienda una curiosa invitada, la amante mestiza del jefe de la expedición Pedro de Ursúa, Doña Inés de Atienza.

Lo cierto es que la falta de escrúpulos, la crueldad y una curiosa habilidad a la hora de sesgar gaznates y cuellos a la hora de la siesta terminarían por encumbrar a Lope de Aguirre al mando de la expedición, para, ya dentro de una espiral de locura y enajenación, llevar a cabo la primera declaración de independencia en América, proclamándose señor de los nuevos territorios descubiertos, renegando de la corona a la que hasta la fecha había estado sirviendo, y escribiendo una serie de cartas humillantes dirigidas al rey Felipe II en las que no faltaban los insultos y en las que declaraba la guerra al poderoso Imperio Español de aquellos años.

 

El film de Saura que recoge la historia de estos aventureros, conocidos como Los Marañones, supuso en su día un sonoro fracaso tanto de crítica como de taquilla. Las expectativas generadas no se llegaron a concretar pese a contar con medios y presupuestos para llevar a cabo una superproducción digna de Hollywood. Aún así el film tiene sus luces: una buena ambientación de la época, una atmósfera convincente y unos actores que se desempeñan a un nivel aceptable a excepción de una jovencísima Inés Sastre que interpreta a la hija de Aguirre. Incluso el planteamiento inicial resulta atractivo y prometedor, aunque parece ir diluyéndose poco a poco a medida que transcurre un, posiblemente, excesivo metraje (149 minutos). El ritmo parece decaer a partir de la primera hora y el guion no logra atrapar plenamente al espectador. Pero la película se deja ver e invita a cierto ejercicio de reflexión en relación a aquellas empresas llevadas a cabo en un Nuevo Mundo aún virgen y desconocido, unos medios que se correspondían con la época y con los que se hacía frente a todo tipo de penalidades y penurias en pos de una gloria y fortuna que a menudo resultaba esquiva y que acostumbraba a convertirse en fracaso, desastre y muerte.

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¡Que Dios os maldiga Blas de Lezo! (III)

Primera parte aquí

Segunda parte aquí

El curioso y decisivo capítulo acaecido en Cartagena de Indias en 1741, silenciado a lo largo del tiempo por los cronistas, se desencadenó por una oreja. Esa oreja perteneciente al corsario Robert Jenkins fue la excusa perfecta para que los ingleses iniciaran un conflicto bélico contra España conocido popularmente como la Guerra de la oreja de Jenkins. Todo comenzó en 1739 cuando un navío español comandado por Julio León Fandiño abordó y capturó un barco corsario frente a las costas de Florida para, seguidamente, cortar la oreja a su capitán; “Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”. Y es que el tráfico marítimo comercial de aquella época entre América y España se veía constantemente cortado y entorpecido por las acciones y el constante acoso de piratas y corsarios ingleses, que atacaban incluso ciudades y puertos españoles escasamente defendidos. En la cámara de los Lores, Robert Jenkins con su oreja en la mano, denunció el hecho desencadenando un conflicto que suponía una oportunidad inmejorable para arrebatar la supremacía marítima oceánica a los españoles.

Inglaterra nombra al marino Edward Vernon comandante de las fuerzas británicas en las Indias Occidentales, quien pone rumbo desde Port Royale (Jamaica) hacia el puerto español de Portobelo situado en Panamá con el objetivo de proceder a su saqueo y destrucción. Portobelo formaba parte de la ruta que periódicamente seguía la Flota de Indias y se encontraba pobremente defendido. El éxito de esta acción fue celebrado y proclamado a los cuatro vientos, y Vernon, entre numerosos homenajes, se convertiría en un héroe nacional en Inglaterra. Incluso el mismísimo Jorge II de Inglaterra asistió a una cena homenaje en honor a Vernon donde se presentó por primera vez el actual himno nacional británico God Save the King (que se transforma en God Save the Queen cuando el trono lo ostenta una mujer). Además dos calles, una en Londres y otra en Dublín pasarían a denominarse Portobello Road. En una carta fechada el 27 de noviembre de 1739 Vernon comunica a Lezo que los prisioneros de Portobelo están recibiendo un excelente trato a pesar de no merecerlo. Pocos días después Lezo envía su respuesta:

            Puedo asegurarle a Vuestra Excelencia, que si yo me hubiera hallado en Portobelo, se lo habría impedido, y si las cosas hubieran ido a mi satisfacción, habría ido también a buscarlo a cualquier otra parte, persuadiéndome de que el ánimo que faltó a los de Portobelo, me hubiera sobrado para contener vuestra cobardía.

1741, la mayor de las flotas que viera la historia hasta la lanzada contra las costas de Normandía en 1944, (186 naves, más de 23.500 hombres, y más de 2600 piezas de artillería) ponía rumbo hacía el puerto de español de Cartagena de Indias, el más importante de los puertos del Virreinato de Nueva Granda, bajo el mando de Edward Vernon. ¿Qué otra flota o puerto podría interponerse ante a semejante escuadra? Ante este desalentador panorama Blas de Lezo pasa revista a sus escasas fuerzas en la magníficamente fortificada Cartagena de Indias, comprobando que se reducían a 6 navíos de guerra para apoyar a sus defensas, a unos 2500 soldados del ejército regular español reforzados con unos 600 arqueros indios traídos expresamente desde el interior, y a menos de 1000 piezas artilleras. Resultaba, pues, realmente complicado asegurar que Cartagena de Indias continuara siendo española en los próximos años. Aún así Lezo opta por la resistencia a toda costa. Cartagena de Indias no se iba a rendir.

La formidable escuadra de Vernon ya se encuentra muy próxima a las murallas y fortificaciones defensivas y a su orden se inicia un incesante cañoneo que castigó con dureza la ciudad. Las defensas apenas podían aguantar la constante lluvia de fuego que sobre ellas caía y que se prolongó durante, nada menos que, 67 días. Los contendientes españoles optan por hundir sus propios navíos en la bocana del puerto para obstaculizar el asalto inglés, pero la maniobra finalmente no impediría que la escuadra de Vernon penetrara en la bahía. Vernon sintiéndose claro vencedor, se dispone a enviar un correo a Inglaterra confirmando su victoria, noticia que sería recibida con una euforia aún mayor que la vivida tras la destrucción y saqueo de Portobelo. Los defensores españoles se apresuran para guarnecerse en la fortaleza de San Felipe de Barajas, el último obstáculo que  se interpone entre la ciudad de Cartagena de Indias y las fuerzas del almirante Edward Vernon. Ahora San Felipe de Barajas, donde resisten tan solo 600 hombres bajo el mando de Lezo, está en el punto de mira de los cañones ingleses.

Vernon sin dejar de cañonear San Felipe desde sus navíos, ordena un desembarco en tierra para atacar la retaguardia de la fortaleza e iniciar el asalto. Pero para lograrlo antes debe atravesar una zona de selva que provocaría estragos en los ingleses; centenares de hombres caerían víctima de la malaria. Pese a todo, las tropas de Vernon llegarían a las puertas de San Felipe para iniciar su ataque con la infantería, que será lanzada a la estrecha rampa que da acceso a la fortaleza. Lezo rápidamente ordena a 300 hombres armados con armas blancas situarse en el estrecho paso para que se emplearan a fondo hasta repeler el ataque. El incidente deja 1500 bajas entre las fuerzas asaltantes. La malaria, las numerosas bajas derivadas del fallido asalto a San Felipe, y la dura resistencia de los defensores pasa factura a la moral inglesa mientras que el nerviosismo se va apoderando de un Vernon que ya había enviado la noticia de su victoria a Inglaterra. Tras una acalorada reunión con sus oficiales decide construir una serie de escalas que les permitiera superar los altos muros de San Felipe para así sorprender a los defensores de San Felipe la noche del 19 al 20 de abril de 1741.

Los casacas rojas junto con los granaderos y un grupo de macheteros jamaicanos avanzan lentamente debido al lastre que supone mover las piezas de artillería y al continuo fuego que cae sobre ellos desde lo alto de la fortaleza, el cual provocaría numerosas bajas cuando los ingleses atravesaran una zona descubierta que está justo antes de llegar a los altos muros de San Felipe. Los asaltantes, asombrados, comprueban que sus escalas resultan totalmente  inútiles, pues un previsor Lezo había ordenado cavar previamente un profundo foso en torno a los muros que provocaba que las escalas se quedaran cortas. Entre los ingleses, totalmente expuestos al fuego de los defensores, reina la confusión. Las bajas se iban multiplicando hasta que Lezo lanza a sus hombres en una rápida carga bayoneta en mano que resultaría en una despavorida y desordenada huida de las tropas inglesas. La masacre entre las filas invasoras dirigidas aquella noche y aquella mañana por el general Woork hace que el nuevo día amanezca mostrando un paisaje sembrado de cadáveres y heridos en torno a la fortaleza de San Felipe.

Edward Vernon ya es consciente de la imposibilidad de tomar San Felipe, y ordena la retirada hacia sus barcos que aún permanecerían cañoneando las defensas de Cartagena de Indias durante 30 días más, mostrándose incapaz de aceptar la derrota. La escasez de víveres, las enfermedades y la baja moral trajeron consigo la orden de retirada. Las últimas naves abandonaron la zona el 20 de mayo, y  la situación era tan crítica que algunos de estos navíos tuvieron que ser incendiados por los propios ingleses ante la falta de tripulantes. God damn you, Lezo !

               Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir. Blas de Lezo.

Algunos meses más tarde Blas de Lezo acabaría irónicamente siendo víctima de sus enemigos y moriría debido a una enfermedad derivada de los cuerpos ingleses insepultos que los combates habían dejado repartidos por toda la zona. Lamentablemente nadie sabe hoy en día donde fue enterrado.

El balance de este episodio es desolador: entre 8.000 y 10.000 muertos y más de 7.500 heridos entre las filas inglesas, entre ellos lo mejor de la oficialidad imperial británica. Las bajas entre los españoles se eleva a 800 muertos y 1.200 heridos. Sin embargo en Inglaterra se estuvo celebrando la “victoria” hasta que se supo lo que realmente ocurrió y el rey Jorge II prohibiera cualquier mención al capítulo acaecido en Cartagena de Indias. Aún así, y enterado de la muerte de Lezo, Vernon volvió con sus navíos a las inmediaciones de Cartagena de Indias pero sin decidirse a atacar. España pudo mantener su hegemonía atlántica comercial durante 70 años más.

Nada menos que 22 batallas y expediciones, decenas de barcos enemigos rendidos, Blas de Lezo, el mediohombre que nunca rehuía del combate, jamás se arrodilló ante nadie.

¡Que Dios os maldiga Blas de Lezo! (II)

Primera parte aquí

1714, segundo asedio a la ciudad de Barcelona. Blas de Lezo  cuenta ya con 25 años de edad y el navío que está bajo su mando, el Campanella de 70 cañones, se aproxima decididamente a las defensas británicas. Nuestro protagonista vuelve a resultar herido; esta vez es el disparo de un mosquete el que le inutiliza para el resto de su vida su brazo derecho. El cuadro del oficial de marina Blas de Lezo comienza a mostrar ya su perfil de Mediohombre: cojo, manco y además tuerto. Sea como sea, su más que lamentable estado físico no le supondrá ningún impedimento para continuar en activo. En 1715, al mando del Nuestra Señora de Begoña de 54 cañones, y junto a una gran flota, lograría reconquistar Mallorca, esta vez, sin necesidad de efectuar un solo cañonazo.

Con la finalización de la Guerra de Sucesión en España Blas de Lezo recibe el novedoso reto de limpiar la costa Pacífica del virreinato de Perú de los numerosos piratas y corsarios que se dedicaban a hostigar tanto puertos como rutas comerciales. La misión se completaría con notable éxito, pues generalmente los navíos piratas emprenderían la desesperada huida ante la presencia de los buques de guerra españoles y la fama que Lezo se había ganado durante los últimos años. Además, en aquella época, en 1725, se casaría en Lima con la abnegada y sufrida Josefa Pacheco, que deberá aguantar todas las incertidumbres y penalidades derivadas del ajetreado y peligroso trabajo de su esposo.

En 1730 Blas de Lezo da por concluido su periplo por las costas americanas y regresa nuevamente a España donde es nombrado jefe de la escuadra naval del Mediterráneo. Una de las más curiosas misiones que recibiría en esta nueva etapa mediterránea consistiría en personarse en la República de Génova al mando de seis navíos de guerra para reclamar el pago de 2 millones de pesos que por diferentes avatares esta república debía al Reino de España. Lezo llegaría al puerto genovés con la muy escasamente diplomática intención de cañonear desde sus buques la ciudad si no se efectuaba el pago dentro de un plazo que con anterioridad él mismo había designado. El pago se efectuó con rapidez y presteza, y Lezo, además, invitó a las autoridades genovesas a rendir homenaje a la bandera real de España, cosa que, como no podía ser de otro modo, hicieron muy gustosamente.

El marino predilecto de la Armada Española pronto tendría una nueva misión sobre la mesa que le llevaría a embarcarse en el navío Santiago para poner rumbo junto a otros 53 buques a la conquista de la ciudad otomana de Orán (en la actual Argelia). Blas de Lezo completaría con notable éxito esta misión, que finiquitaría en 1732. Pero poco tiempo después el pirata Bay Hassan logró reunir un buen número de tropas para sitiar la recién conquistada ciudad hasta que Lezo regresó al mando de 6 navíos y 5000 hombres, provocando la huida del pirata argelino tras una dura y reñida lucha. Lezo no dudó en salir en persecución de la nave capitana de Hassan, que se refugió dentro de la fuertemente fortificada y bien defendida bahía de Mostagán, donde le aguardaban 4000 hombres bien armados y dos fuertes perfectamente artillados. Sin embargo, el implacable perseguidor no se amedrantó por ello y penetró seguidamente en la bahía desafiando el constante cañoneo proveniente de los fuertes que caía sobre sus buques para finalmente lograr incendiar la nave capitana del pirata y arrasar por completo las fortificaciones. Después de acabar con todo lo que se le puso por delante permanecería vigilante evitando que los argelinos recibieran refuerzos desde Estambul, hasta que una epidemia derivada de la corrupción de los alimentos le obligó a poner rumbo a Cádiz.

El episodio de Orán le valió el ascenso a Teniente General de la Armada, para comenzar en 1735 labores dentro de la corte, donde permaneció durante un breve periodo ya que “tan maltrecho cuerpo no era una buena figura para permanecer entre tanto lujo”. Y es que el habitat natural de un hombre de acción de aquella época como Blas de Lezo se encontraba en las cubiertas de los navíos de guerra, por lo que no tardó en solicitar formalmente permiso al Rey para volver a embarcarse. Su petición fue aceptada y en 1737, con los navíos Fuerte y Conquistador, puso rumbo de nuevo a América donde ocuparía el puesto de comandante general del más importante puerto de ultramar: Cartagena de Indias.

¡Que Dios os maldiga Blas de Lezo! (I)

La curiosa medalla que podemos ver en la imagen fue acuñada en el s. XVII para conmemorar la toma por parte de los británicos en 1741 de Cartagena de Indias (en la actual Colombia), el que era en aquellos años el más importante puerto colonial del Reino de España en ultramar. La escena muestra al almirante de la Armada española, encargado de la defensa de la ciudad, arrodillado mientras hace entrega de su espada al victorioso almirante británico. En dicha medalla conmemorativa, además, podemos leer “The pride of Spain humbled by Ad. Vernon” – “El orgullo de España humillado por el almirante Vernon”. Se trataría, sin duda, de uno de los más brillantísimos y heroicos episodios militares, digno de ser conmemorado por una medalla como esta a fin de hacerlo perdurar en la memoria, y con un especial espacio reservado en las más gloriosas páginas de los libros de historia. A no ser que esta gran gesta militar jamás se hubiera producido…

Y es que los británicos Sir Francis Drake, Sir Henry Morgan, Horatio Nelson o Edward Vernon encuentran su contrapunto en figuras como Antonio Gutiérrez de Otero o el personaje que ocupará las siguientes líneas: el almirante de la Armada española Blas de Lezo, cuya historia permanece como un capítulo semioculto tal vez por la querencia anglosajona de no airear demasiado sus derrotas y desastres militares. Un ejemplo claro y representativo de estos silenciados episodios lo constituye el ataque británico dirigido contra Santa Cruz de Tenerife en 1797 comandado por, nada menos, el almirante Horatio Nelson, que perdió su brazo derecho en esta acción tras fracasar en tres diferentes ofensivas contra tropas en clara inferioridad numérica.

En el duro y complicado siglo XVIII la estampa que presentaba el guipuzcoano Blas de Lezo y Olavarrieta es digna de atención debido a las numerosas y variadas heridas sufridas a lo largo de su vida militar y los retales de su propia persona que fue dejando repartidos entre algunos de los escenarios bélicos en los que tomó parte; su pierna izquierda en Málaga, su ojo también izquierdo en Toulon, su brazo derecho en Barcelona… por ello era conocido popularmente como Mediohombre, siendo probablemente la figura que inspiró a Benito Pérez Galdós cuando creó a Marcial, uno de los personajes de su novela Trafalgar perteneciente a sus Episodios Nacionales.

Blas de Lezo nació en 1689, en Pasajes (Guipúzcoa), un pueblo dedicado enteramente a la mar, aumentando la nómina de excelentes marinos vascos que ha dado la historia como Juan Sebastián Elcano, Cosme Damián Churruca o Antonio de Oquendo. Siendo apenas un niño de tan solo 12 años de edad, se enrolaría como Guardiamarina (aspirante a oficial) en la armada francesa, aliada en aquella época de la España partidaria de Felipe V de Borbón el Animoso (¿el primer campechano?) en la Guerra de Sucesión (1701 – 1715), la cual estallaría con la muerte del raquítico, enfermizo, estéril, y justito de inteligencia Carlos II alias el Hechizado, el último monarca de la casa de los Habsburgo, y que había dejado el trono comprometido al no dejar descendencia alguna. La batalla más destacable de esta guerra se produce en Vélez – Málaga, en 1704, donde la escuadra francesa que había partido desde Tolón, se une a otras naves españolas para enfrentarse a la escuadra dirigida por el almirante Rooke, sangriento episodio en el que una bala de cañón destrozó la pierna izquierda de Blas de Lezo, la cual tuvo que ser finalmente amputada por debajo de la rodilla, sin ninguna clase de anestesia y, según las crónicas, sin ningún tipo de lamento por parte del joven Guardiamarina.

Este terrible percance no debió amilanar en absoluto al joven Blas de Lezo, pues no tardaría en volver a embarcarse para socorrer a las asediadas plazas de Peñíscola y Palermo, dirigir el posterior ataque al navío ingles de 70 cañones Resolution que resultó devastado por el fuego, o capturar otros dos navíos enemigos. Durante sus exitosas patrullas por el Mediterráneo logra apresar otro buen número de navíos ingleses logrando el permiso de llevar sus presas a su pueblo natal. En 1706 recibe instrucciones para poner en marcha su siguiente misión: el abastecimiento de los sitiados en Barcelona comandando una pequeña flota. Con tan solo 17 años de edad ya mostró su capacidad de estratega y su picardía, burlando constantemente el cerco inglés gracias a las densas nubes de humo  que provocaban los montones de paja ardiendo que dejaba flotando sobres las aguas y que le permitían ocultarse, o las cargas incendiarias que disparaban sus cañones capaces de neutralizar los navíos británicos. Poco tiempo después entraría en combate, esta vez en tierra firme, en la fortaleza de Santa Catalina de Tolón (no lejos de Marsella), en un enfrentamiento frente a las tropas del príncipe Eugenio de Saboya, y donde tras un cañonazo contra la fortificación una esquirla acabaría por alojarse en su ojo izquierdo reventándolo en acto.

La recuperación de Blas de Lezo sería rápida y pronto, en 1707, será destinado al puerto de Rochefort ascendido ya a Teniente de Guardacostas. En 1710 lograría un record al lograr rendir una decena de buques enemigos, el menor de ellos de 20 piezas de artillería, destacando el combate contra el poderoso Stanhope comandado por John Combs que contaba con una fuerza que triplicaba la del nuevo Teniente de Guardacostas. Debido a su inferioridad de potencia de fuego, Blas de Lezo trató de evitar cañoneo y optó por lanzar un rápido abordaje, una lucha cuerpo a cuerpo, que provocó el pánico y la rendición de los británicos. Acciones como esta, en la que nuevamente resultó herido, culminaron con su ascenso a Capitán de Fragata.

Segunda parte aquí.

1º mayo: Día Internacional de los Trabajadores

¡A partir de hoy, ningún obrero debe trabajar más de 8 horas por día! ¡8 horas de trabajo! ¡8 horas de reposo! ¡8 horas de recreación! Bajo esta sencilla premisa se declaran 5.000 huelgas simultáneas y 350.000 trabajadores abandonan las fábricas para tomar las calles y gritar sus demandas.  Hoy es el día en el que se renuevan los contratos colectivos de trabajo y los arriendos de las tierras. Estamos en Estados Unidos y hoy es el 1º de mayo de 1886.

“Jamás en este país ha habido un levantamiento tan general de las masas industriales”

La situación en Chicago, la segunda ciudad en número de habitantes en EE.UU., se puede calificar de lamentable; las condiciones de los trabajadores es especialmente precaria, y son muchos los que cumplen con duras jornadas laborales de 13 o 14 horas diarias, salen de sus casas sobre las 4 de la mañana y regresan más allá de las 7 de la tarde, de tal modo que “jamás veían a sus mujeres y sus hijos a la luz del día”. Las pocas horas de descanso se pasan en desvanes, corredores o en inmundas construcciones hacinados junto a otras familias. El diario Chicago Tribune afirma que los trabajadores deben olvidar su “orgullo” y aceptar ser tratados como “máquinas humanas”, y es que “el plomo es la mejor alimentación para los huelguitas” y “la prisión o los trabajos forzados son la única solución posible a la cuestión social”.

Chicago es por esto el epicentro de los movimientos revolucionarios en Estados Unidos, dos organizaciones dirigían la huelga por las ocho horas tanto en Chicago como en el estado de Illinois; la Asociación de Trabajadores y Artesanos y la Unión Obrera Central. La fábrica de maquinaria agrícola McCormik estaba funcionado al pleno rendimiento en 1º de mayo de 1886 gracias a los cientos de rompehuelgas (esquiroles) contratados, lo que no tardó en provocar choques contra los restantes trabajadores de la ciudad. En el ambiente se respiraba la tensión, y el 2 de mayo la policía se empleó con dureza para disolver un mitin que congregó a 50.000 trabajadores en el centro de la ciudad. El día 3 una manifestación organizada por la Unión de Trabajadores de la Madera se dirigió frente a la fábrica McCormik, y con toda la muchedumbre ya congregada sonó la campana que anunciaba la salida del turno de los rompehuelgas. Insultos, amenazas y piedras son lanzados contra los traidores al tiempo que un artefacto hace explosión provocando la muerte de un policía. Acto seguido, la policía cae sobre los trabajadores disparando indiscriminadamente y a quemarropa. El balance de esta carga asciende a 6 muertos y varias decenas de heridos.

Se declarará el estado de sitio y el toque de queda. Se detienen a centenares de trabajadores que serán torturados acusados por la muerte del policía, hechos represivos que fueron alentados por la prensa. Tras una farsa de juicio irregular que violó numerosas normas procesales, 8 hombres serán declarados culpables, siendo tres de ellos condenados a prisión y cinco a la horca.

–  Samuel Fielden, 39 años, obrero textil. Cadena perpetua.

–  Oscar Neebe, 36 años, vendedor. 15 años de trabajos forzados.

–  Michael Schwab, 33 años, tipógrafo. Cadena perpetua.

–  Georg Engel, 50 años, tipógrafo. Ejecutado.

–  Adolf Fischer, 30 años, periodista. Ejecutado.

–  Albert Parsons, 39 años, periodista. Ejecutado (Se demostró que no estuvo presente en el lugar de los hechos)

–  August Vincent Theodore Spies, 31 años, periodista. Ejecutado.

–  Louis Lingg, 22 años, carpintero. Se suicidó antes de ser ejecutado.

        …salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro… Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el del Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: “la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora». Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable…

El precio de la jornada laboral de 8 horas de la que hoy disfrutamos costó, con aquellas movilizaciones iniciadas el 1º de mayo de 1886, además de las condenas anteriormente descritas, un número que no se ha podido precisar de despedidos, detenidos, procesados, heridos de bala y torturados entre unos hombres que en su mayoría eran inmigrantes italianos, españoles, alemanes, polacos, irlandeses y rusos.

Los hombres de las Brigadas Internacionales

Batallón “Edgar André”, Batallón “Commune de Paris”, Batallón “Dabrowski”, Batallón “Garibaldi”, Batallón “Thaelmann”, Batallón “André Marty”, Batallón “Louise Michel”, Batallón “Chapáyev”, Batallón “Henri Vuillemin”. Batallón “Dimitrov”, Batallón “Mickiewicz Palafox”, Batallón “Domingo Germinal”, Batallón “Lincoln”… franceses, canadienses, búlgaros, estadounidenses, polacos, checoslovacos, canadienses, ingleses, belgas, portugueses, alemanes, italianos… así hasta voluntarios de 54 nacionalidades diferentes para conformar las Brigadas Internacionales, casi 60.000 hombres en total, que combatieron en la Guerra Civil Española (1936 – 1939) junto al ejército de la II República contra el mal llamado bando “nacional”, apoyado por la Italia fascista de Mussolini y la Alemania nazi de Hitler y representado por la figura del que sería dictador durante 40 años: el general Francisco Franco, quien a su vez representaba los intereses de la iglesia, los terratenientes, los industriales y a una gran facción del ejército español.

Frente a todo esto el panorama no resultaba demasiado alentador, España era un país empobrecido, con una enorme tasa de analfabetismo. La II República intentó equilibrar la situación, pero el reparto de las tierras de los terratenientes entre los más desfavorecidos y el empeño por acabar con los privilegios de unos pocos fue lo que, entre otras cosas, derivó en un levantamiento militar contra la República en 1936, sin olvidar que antes, en 1932,  se había producido el levantamiento del general Sanjurjo que pudo ser controlado y reprimido sin demasiados problemas por el gobierno de republicano.

    Lo más importante es que los americanos luchamos juntos, negros y blancos, codo con codo, moríamos juntos. Y al final Oliver Law, un hombre que yo ya conocía de Chicago, se convirtió en comandante de la Brigada Abraham Lincoln, que era principalmente un batallón de hombres blancos. En España fue la primera vez que siendo negro, me sentí un hombre libre.

                                                                                             James Yates, 1906 – 1993

Hombres que abandonaron sus hogares para luchar en una guerra extranjera, lo que a menudo hicieron en secreto, sin ninguna compensación económica de por medio, sin recibir el apoyo de sus gobiernos, e incluso marginados y apartados cuando regresaron a sus países de origen. Las Brigadas Internacionales estuvieron presentes en las batallas más destacadas y sangrientas; Jarama, Brunete, Belchite, Teruel, Guadalajara, Ebro… y se calcula que más de 15.000 murieron defendiendo los ideales representados por la República, tratando de poner freno al fascismo que comenzaba a tomar un papel determinante en Europa.

    Tengo 90 años, estoy atado a una silla de ruedas pero es difícil que encontréis un activista tan comprometido como yo. Mientras esta boca pueda comer y hablar y tenga un cerebro que piense y tenga una silla de ruedas voy a ser un activista.

                                                              Veterano estadounidense de las Brigadas Internacionales

Los hombres y mujeres brigadistas pertenecen a una extraña extirpe, se diría que en peligro de extinción a día de hoy, provenientes de muy variadas procedencias pero identificados con una causa común, capaces de presentar voluntario combate en defensa no de una tierra o de unas fronteras, sino en defensa de unos ideales de carácter internacional. En los tiempos actuales, cuando los ejércitos comienzan a ser empresas privadas que se nutren de mercenarios, los ideales parecen haber sido comprados o en el mejor de los casos permanecen adormecidos por la absurda vorágine del modelo de vida actual, resultando las convicciones de aquellos hombres propias de “locos” o “inadaptados” y siendo rechazados por aquellos cuyos ideales se reducen a lo económico, o a la resignación cuando no al servilismo, conformes con un sistema que permite ser participes de él cada 4 años, dirigido en muchos casos por ineptos, y que, por otro lado, permanece secuestrado por sectores financieros cuyos intereses chocan frontal y constantemente contra los del pueblo. Por todo ello los hombres de las Brigadas Internacionales son un ejemplo de dignidad y compromiso tanto para el presente como para el futuro.

Al soldado internacional caído en España

Si hay hombres que contienen un alma sin fronteras,
una esparcida frente de mundiales cabellos,
cubierta de horizontes, barcos y cordilleras,
con arena y con nieve, tú eres uno de aquellos.

Las patrias te llamaron con todas sus banderas,
que tu aliento llenara de movimientos bellos.
Quisiste apaciguar la sed de las panteras,
y flamaste enchido contra sus atropellos.

Con un sabor a todos los soles y los mares,
España te recoge porque en ella realices
tu majestad de árbol que abarca un continente.

A través de tus huesos irán los olivares
desplegando en tierra sus más férreas raíces,
abrazando a los hombres universal, fielmente.

Miguel Hernández

El enigma de Tartessos (II)

Argantonio

Argantonio

Primera parte aquí

Se especula con la capital del reino de Tartessos, jamás hallada y buscada por el alemán Schulten en el coto de Doñana, tratando de emular de este modo a su compatriota Scheliemann, el descubridor de Troya. Según el viajero geógrafo e historiador griego del s. II Pausanias  “Tartessos es un río en la tierra de los iberos, llegando al mar por dos bocas y que entre esas dos bocas se encuentra una ciudad de ese mismo nombre. El río, que es el más largo de Iberia y tiene marea, llamado en días más recientes Baetis”. El nombre de Tartessos podría identificar tanto a un reino, al río que lo atravesaba y a la capital de dicho que reino que se encontraría en las proximidades de la desembocadura. Así mismo, el geógrafo griego Escimno de Quíos, citando al también geógrafo Éforo de Cime, explica que la capital Tartessos se encuentra a 1000 estadios (dos días de viaje) de las columnas de Hércules (Gibraltar). La distancia que hay entre Gibraltar y la desembocadura del río Guadalquivir es precisamente de unos 900 estadios. Lo cierto que es que a día de hoy su ubicación continua siendo un gran enigma, aunque bien es cierto que las pistas parecen llevar al parque de Doñana, lugar donde se han llevado a cabo las más recientes investigaciones. Pero toda búsqueda resulta sumamente complicada debido a los grandes cambios que ha sufrido la geografía de la zona en los últimos 3000 años.

Los principales yacimientos con los restos de lo que fue el reino tartesso arrojan algunos rayos de luz que muestran el desarrollo alcanzado, siendo prueba de ello una escritura que a día de hoy se resiste a ser descifrada. Las necrópolis halladas reflejan la estratificación de la sociedad, donde las clases aristocráticas eran enterradas junto a sus posesiones más preciadas. El primer arte tartesso se caracteriza en un primer momento por su sencillez, geometría y esquematismo, cobrando un mayor desarrollo y abandonando su austeridad a medida que aumentaba la riqueza generada por el incesante comercio, poniendo de manifiesto muy a menudo las influencias recibidas desde oriente.

Europa según Estrabón

 Mineros, artesanos, campesinos…  la organización de la sociedad tartesa consiste en integrar a todos dentro de un sistema que algunos historiadores denominan como servidumbre comunitaria, en la que las clases más poderosas cuentan tanto con la propiedad de los medios de producción como de los productos con los que llevan a cabo sus actividades comerciales, y cuyos beneficios, posteriormente, pasarán a ser redistribuidos entre las clases productoras a fin de asegurar de este modo su manutención.

Tartessos vivió su momento de máximo esplendor durante el reinado del legendario rey Argantonio (Hombre de Plata), s. VII – VI a.C, del que Heródoto asegura que vivió 120 años y que reinó durante 80. Asimismo las crónicas griegas se refieren a la gran riqueza de su reino debido a su gran actividad minera (oro y plata) y el trabajo metalúrgico del bronce. La relación con los griegos focenses era estrecha y amistosa, hasta el punto de que el propio Argantonio envió una gran cantidad de plata a la ciudad griega de Focea que sirviera para financiar las defensas militares que garantizara su pervivencia ante los persas, caída que, por otro lado, finalmente se produjo junto a las de otras ciudades jonias en torno al año 540 a.C., diez años después de la muerte de Argantonio. Tartessos perdía de este modo a su principal aliado.

Pudiera ser, dentro del misterio que envuelve a todo lo relacionado con Tartessos, que la estrecha amistad con los griegos focenses no resultara del agrado de sus grandes competidores en la lucha por el dominio de las aguas y el comercio mediterráneo: los fenicios. El hecho de que la antigua capital fenicia Tiro cayera en manos babilonias en el 580 a.C. provocó la consiguiente independencia de Cartago, ciudad situada en el norte de África, en la actual Túnez. Con ello, fenicia tenía una nueva capital, la cual no tardaría en concentrar y potenciar al máximo el comercio con occidente, además de conformar una poderosa armada que la convertiría en la primera potencia militar y económica del Mediterráneo occidental.

Tartessos se encontraba sola y expuesta ante el poder de Cartago, y, de este modo, se abre la posibilidad de que las ciudades tartesas fueran arrasadas y destruidas por los cartagineses, al igual que hicieron con la ciudad griega de Mainake (Málaga). El dominio y la hegemonía de Cartago se prolongaría en el tiempo hasta que finalmente fuera derrotada en el 146 a.C. por el pujante poder de Roma. Roma no tardaría en poner sus pies en la península Ibérica, donde se encontrarían con una región llamada Turdetania, ocupada por los descendientes de los tartesos. La región pasaría a denominarse Bética y el río Tartessos pasaría a ser el Betis.

Otras hipótesis relacionan la desaparición de Tartessos con la sucesión de una serie de catástrofes naturales, en concreto un par de tsunamis, que según ciertas investigaciones afectaron a la zona de Doñana. Lo cierto es que toda documentación relacionada con Tartessos se ve repentina cortada tras la muerte de Argantonio, perdiéndose de este modo y por completo la pista de este reino, dando paso a uno de los mayores misterios de la antigüedad.

El enigma de Tartessos (I)

El gran enigma de la antigüedad, un agujero en el libro de historia. Permanentemente  oculto a lo largo de los siglos ante todos aquellos que han dedicado grandes esfuerzos en su busca. El primer gran reino que existió en la península Ibérica.  La historia se cubre con un velo de misterio y no es mucha la información que se tiene a día de hoy al respecto, aunque en la actualidad  nuevos hallazgos  comienzan mostrar un difuso perfil.  ¿Acaso se trata de la Atlántida mencionada y descrita por Platón? ¿Se trata de la Tharsis del rey Salomón a la que se refiere la Bilblia?

      “En efecto, el Rey Salomón tenía naves de Tarsis en el mar junto con las naves de Hiram. Las naves de Tarsis venían una vez cada tres años y traían oro, plata, marfil, monos y pavos reales”. Antiguo Testamento, Libro de los Reyes I, 10-22

Debemos retroceder hasta los albores de nuestra civilización para tratar de situar los inicios de Tartessos, y apostar por una fecha que resulta incierta, en torno al 1200 a.C., para situarnos en el suroeste de la península Ibérica, en lo que actualmente son las provincias de Cádiz, Huelva y Sevilla. La existencia de Tartessos, el primer estado de la península, ha sido muy discutida hasta hace poco, pero los trabajos de algunos historiadores y arqueólogos entre los que destaca el alemán Adolf Schulten, plenamente dedicado la investigación en la península Ibérica, la han confirmado como una realidad histórica. Si tenemos en cuenta al geógrafo griego Estrabón  que se refirió a los tartesios, los habitantes de Tartesso, como los más cultos de los íberos “poseiendo de tiempo antiquísimo escritos en prosa, poemas y leyes en verso que según ellos tenían 6000 años de antigüedad” deberíamos dar un salto en la historia de, nada menos, 8000 años.

Los orígenes de la civilización de Tartesso no está ni mucho menos libre de polémica. Algunos investigadores afirman que esta cultura es el resultado de una evolución de las poblaciones locales, cuyo máximo desarrollo se debe en gran medida al contacto que mantuvieron tanto con fenicios como con griegos focenses (provenientes de la ciudad de Focea, situada en Asia Menor, en la actual Turquía). Por otro lado, otros expertos aseguran que la cultura tartesia es el resultado de un proceso de aculturación de la población indígena por parte de los fenicios. Otros incluso afirman que provienen de las estepas del norte europeo, que son de origen etrusco, cretense…

Lo que parece claro es que los tartesios a partir de la Edad del Bronce y poco a poco, constituyeron un reino que se llegó a extender por toda Andalucía, Murcia y el Algarve portugués, manteniendo como eje el río Tartessos, al que los romanos llamarían Betis y posteriormente los árabes Guadalquivir. Sin embargo, algunos estudiosos sitúan este río en el actual Guadalete o en el Tinto. La primera referencia a Tartessos viene de la mano del  historiador Heródoto en el s. V a.C. cuando menciona al rey Argantonio. Algún tiempo después, en el s. IV a.C., el poeta latino Rufo Festo Avieno escribió su Ora marítima, poema que describe las costas mediterráneas, y que se refiere a Tartessos como una isla entre dos ríos.

La civilización de Tartessos se caracteriza por contar con los más importantes y ricos yacimientos mineros de la antigüedad en todo el Mediterráneo, lo que la convertiría en un importante referente comercial gracias a la calidad de su bronce, a la plata y al oro que atrajo tanto a mercaderes  fenicios como a griegos. Los metales preciosos que con tanta habilidad trabajaban los tartesios gozaban de gran prestigio y su fama muy pronto se propagaría a lo largo y ancho de todo el Mediterráneo. El oráculo de la ciudad fenicia de Tiro ordenó fundar una colonia en los confines del mundo conocido, allá donde el héroe de la mitología griega Heracles había separado la tierra para unir el océano con el mar Mediterráneo y situado sus mitológicas columnas (columnas de Heracles, posteriormente de Hércules), mandato que se cumpliría en torno al año 1100 a.C. con la fundación de la ciudad de Gádir (Cádiz), aunque posiblemente su único y real pretexto fuera el de establecer y fortalecer  relaciones comerciales con Tartesso, para después comerciar con los metales preciosos y hacerlos llegar a Egipto y a Fenicia, territorio compuesto por una serie de ciudades – estado independientes como Biblos, Sidon, Tiro o Trípoli, ocupando tierras de lo que actualmente es Israel, Siria y Líbano.

¡Oh Tiro! Princesa de los puertos, mercado de innumerables pueblos costeros. En el corazón de los mares estaban tus fronteras. Tarsis comerciaba contigo por la abundancia de toda riqueza: plata, hierro, estaño y plomo daba por tus mercancías. Las naves de Tarsis formaban tu flota. ¿Quién era semejante a Tiro en medio del mar? Al desembarcar tus mercancías saciabas a muchos pueblos. Con tu opulento comercio enriquecías a los reyes de la tierra.

La aristocracia tartesia quedaría profundamente fascinada y seducida ante las mercaderías fenicias: la cerámica, los ungüentos y los perfumes, las telas, la bisutería, el vidrio, los colores, sabores y olores de oriente… Los tartesios, que hasta entonces habían explotado sus yacimientos mineros de modo doméstico para obtener herramientas, armas y adornos, modificarán su economía, su población se divide y se especializa en diferentes tareas para optimizar sus nuevas relaciones con los pueblos comerciantes de oriente y satisfacer de esta manera la alta demanda de sus productos. Los fenicios dejarán una profunda huella de su paso; los primeros útiles de hierro, el torno para la cerámica, el cultivo de la vid y el olivo… Por Cádiz penetra y se expande la cultura oriental y el arte, y dada esta influencia, los tartesios comienzan un proceso de orientalización.

Segunda parte aquí