Archivos mensuales: enero 2012

Bienvenido Mr. Marshall: el cine de la disidencia.

Bienvenido Mr. Marshall (1952)

Duración: 75 min.
País: España
Director: Luis García Berlanga
Guión: Juan Antonio Bardem, Miguel Mihura, Luis García Berlanga
Reparto: José Isbert, Lolita Sevilla, Manolo Morán, Alberto Romea, Elvira Quintillá, Luis Pérez de León, Félix Fernández
Productora: Uninci
Género: Comedia

Sinopsis: Villar del Río es un pueblo pequeño, tranquilo, pobre y olvidado, en el que nunca pasa nada que se salga de la rutina. Sólo la llegada de la cantante folclórica Carmen Vargas y de Manolo, su apoderado y representante, ha supuesto una novedad en la aburrida vida del pueblo. Sin embargo, ese mismo día se presenta de pronto un delegado gubernativo que anuncia que, de un momento a otro, va a llegar una comisión del Plan Marshall (proyecto económico americano para la reconstrucción de Europa). El alcalde del pueblo, un hombre bonachón, decide entonces que toda la población se disfrace al más puro estilo andaluz para causar buena impresión a los visitantes que vienen a repartir dinero. (FILMAFFINITY)

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Comedia costumbrista entretenida y simpática, totalmente intrascendente, ambientada en un bonito y agradable pueblo español. Esta visión de fábula o de cuento pudo ser el motivo por el que la película que nos ocupa superara el obstáculo de la censura imperante, aunque un análisis más pausado y reflexivo nos muestra una obra de carácter realista, influenciada por el maravilloso y muy recomendable film de Jacques Feyder La Kermesse heroica de 1935.

La España de 1952 se caracterizaba por su aislamiento internacional, aún ni siquiera se había producido su ingreso en la ONU, organismo que pocos años atrás había hecho pública una resolución que condenaba al franquismo y que propició la retirada de embajadores. En lo económico el panorama no resultaba tampoco demasiado alentador, imperaba una autarquía o autosuficiencia; política de autoabastecimiento que rechazaba toda injerencia o influencia extranjera, y que resultaba en importantes dificultades económicas, en hambre y en un generalizado comercio ilegal conocido como estraperlo. El Estado practicaba un fuerte intervencionismo a todos los niveles, que se traducía en una gigantesca y lenta burocracia donde las irregularidades administrativas estaban a la orden del día. Bienvenido Mr. Marshall  no se hubiera podido filmar a partir de 1953, año en el que el régimen de Franco firmaría una serie de acuerdos con los EE.UU.

Luis García Berlanga

Básicamente, y a grandes rasgos, este es el panorama que pinta Berlanga a lo largo del film, quien  tenía, en un principio,  el encargo de rodar una película folclórica que significara el lanzamiento a la fama de Lolita Sevilla. El mismo Berlanga explica la idea y la forma que tomaría posteriormente la película:

La primera sinopsis que escribimos Bardem y yo era un drama rural, al estilo del cine del Indio Fernández. Los productores nos dijeron que por qué no hacíamos algo más divertido. Entonces la primera idea que tuvimos fue hacer algo sobre la Coca-Cola y el vino. Posteriormente, siguiendo el planteamiento de La kermesse heroique, nos decidimos por la historia de un pueblo que soporta la invasión a base de halagar a los invasores, hasta ir evolucionando hacia lo que finalmente es la película (…) Una vez que Juan Antonio (Bardem) y yo terminamos el guión, Mihura, con la aquiescencia nuestra, pule los diálogos y escribe las letras de las canciones; Mihura hizo un estupendo trabajo de dialoguista” .

El castellano pueblecito de Villar del Río de Bienvenido Mr. Marshall es el reflejo real de una España rural aislada por completo del mundo, que no conoce ninguna forma de progreso, olvidada, desesperanzada y al mismo tiempo resignada. La visión deprimente de este paisaje se traduce en una dura crítica a la política aislacionista del gobierno franquista (1939 – 1953). Villar del Río es el fracaso, el inmovilismo absoluto. Berlanga pone su mirada en las principales instituciones: la clase política, con un alcalde no casualmente sordo, la iglesia con sus sermones totalmente alejados de la realidad, o un sistema educativo a la deriva, que mantiene mapas anteriores a la Primera Guerra Mundial en sus aulas. Extraños y caros coches negros dentro de un contexto de miseria, señalan a los que se enriquecieron e hicieron negocio con el hambre y la necesidad de la gente mediante el comercio ilegal o estraperlo.

La mirada de Berlanga pasa del cariño con el que trata a cada personaje de la película, a una feroz dureza y crítica cuando mira al colectivo, a la masa manipulable y estúpida que prefiere dejarse llevar por unos pocos sin el menor ejercicio de reflexión, y que decide aparentar lo que no es, dispuestos a mostrar lo que los americanos desean ver.  Villar del Río es un pueblo que se sueña a sí mismo, y que se degrada mostrándose servil ante el poderoso representado por los Estados Unidos y su plan de ayuda Marshall a la devastada Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Los Estados Unidos son los reyes magos que traerán tractores, coches, dinero… progreso.

Sólo el talento del realizador pudo escurrir el film ante la censura. El propio Berlanga comentó en alguna ocasión que los censores se entretenían más de la cuenta midiendo el escote y la falda de Lolita Sevilla, y que no se detuvieron a efectuar un análisis más profundo. Sin embargo, cuando la película fue estrenada en Cannes, el actor norteamericano Edward G. Robinson, presidente del jurado, se mostró indignado al ver la bandera de las barras y estrellas arrastrada por las aguas de una improvisada acequia, exigiendo la inmediata eliminación de la secuencia. La reacción de Edward G. Robinson podría ser calificada como curiosa teniendo en cuenta que había sido acusado de comunista y convertido en una de las víctimas de la llamada “caza de brujas”. Este incidente podría haber sido una oportunidad para dar una imagen pública patriótica que le permitiera escapar del Comité de Actividades Antiestadounidenses.

Bienvenido Mr. Marshall es un oasis dentro de la España rural de 1952, con un Berlanga muy joven pero que supo dar muestra de su valía y talento con este film. Como no podía ser de otro modo, José Isbert está inconmensurable, probablemente se trate del mejor actor que ha dado España en toda su historia cinematográfica, y Manolo Morán brilla a gran altura. Todo un clásico, una obra cumbre, aún de plena actualidad y gozando de una gran salud.

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Americanos,
vienen a España
guapos y sanos,
viva el tronío
de ese gran pueblo
con poderío,
olé Virginia,
y Michigan,
y viva Texas, que no está mal,
os recibimos
americanos con alegría,
olé mi madre,
olé mi suegra y
olé mi tía.

Vecinos de Villar del Río, como alcalde vuestro que soy os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar, que yo como alcalde vuestro que soy os debo una explicación y esa explicación que os debo os la voy a pagar, que yo…

Yo no sé si os habéis enterao todavía que el señor alcalde os debe una explicación, y por si no os habéis enterao aquí estoy yo para deciros que no solamente os debe eso sino una gratitud emocionada por el respeto, entusiasmo y disciplina con el que habéis acatado sus órdenes, demostrando con ello el heroísmo sin par de este pueblo que os vio nacer para orgullo del mundo entero.

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Jimmy Massey: el cowboy atormentado.

“Tengo 32 años y soy un psicópata, un asesino entrenado. He matado de cerca y de lejos, he visto como a mis enemigos les reventaba la cabeza en mil pedazos después de disparar contra ellos, pero en aquel entonces era joven, estúpido, ignorante…”. “Todo el mundo es una presa potencial, todos los civiles lo son, para eso me entrenaron. Me fijo en sus debilidades y en cómo aprovecharme de ellas. Los utilizo, los mantengo siempre en la incertidumbre, y si dejas ver tus debilidades, estás muerto”.

Jimmy Massey, sargento de marines de los Estados Unidos desplegados en Iraq, se encuentra retirado en la actualidad, considerado por muchos como un loco, un apestado, un cobarde o un traidor, vive en su particular purgatorio, atormentado y deshaciéndose por dentro devorado por sentimientos de culpa, por una sensación de asco general, por el uranio empobrecido inhalado, e intentado, de alguna manera, salvar su podrida alma. Bestias como Jimmy son el resultado de un duro proceso de adiestramiento de deshumanización y mentiras perfectamente estudiado del que el propio Jimmy formó parte antes de ser destinado a Iraq. La búsqueda de carne de cañón se hace a lo largo y ancho de los Estados Unidos, principalmente en las zonas rurales del interior. Fue en Carolina del Norte, donde un joven Jimmy sin demasiadas expectativas de futuro, encontró en la oferta del Cuerpo de Marines una salida laboral y personal que podría convertirle en alguien especial, y que, de paso, le daría un reconocimiento social. Pronto se encontraría formándose en el campamento de San Diego, California, donde se encontró con una durísima instrucción y un constante maltrato psicológico que Jimmy pudo superar debido al espíritu competitivo que al mismo tiempo le estaban inculcando, con todos esos elegantes oficiales, presentados como triunfadores y admirados por la sociedad, en el horizonte de las miras de los jóvenes muchachos en pleno proceso de adiestramiento.

Tras licenciarse, Jimmy se encargaría de la labor de reclutar nuevos soldados, justo en el momento en el que los Estados Unidos se encontraban en plena guerra de Afganistán y a punto de comenzar la de Iraq. Jimmy sabía cómo identificar la carne de cañón gracias a su adiestramiento. Ser reclutador básicamente consiste en “ser un mentiroso” en ganarse a gente desesperada con incentivos económicos. De los 74 que logró reclutar, ni uno, ni uno sólo, argumentó razones patrióticas o deseos de defender su país. Muchos deseaban únicamente recibir un dinero que les permitiera pagarse una formación universitaria o el acceso a un seguro de salud. “Jamás recluté al hijo de un rico, para mantener nuestro trabajo no podíamos tener escrúpulos”.  Eran muy pocos los que deseaban formar parte del ejército norteamericano, por lo que el tener antecedentes penales o problemas mentales había dejado de ser impedimento para enrolarse.

Jimmy seleccionaba a sus víctimas, las acosaba, las seguía a todas partes, a sus casas, a sus centros de estudios, cuando estaban con sus amigos… había que lograr hacer creer al aspirante que era un tipo especial, que además lograría un reconocimiento social, ser querido en su pueblo, deseado por las mujeres que hasta ahora lo rechazaban… “¿Qué ofreces?” le preguntó un joven aspirante a marine desesperado por la falta de empleo. “Te ofrezco dolor, privación del sueño, tortura mental y tanto dolor muscular que vomitarás. No te voy a dorar la píldora, te enseñaré a matar. ¿Estás preparado para ser un guerrero? No voy a sentarme aquí para perder el tiempo en hablarte bien del cuerpo de marines. Estamos aquí para que defiendas los intereses de los Estados Unidos y te conviertas en un guerrero, sin tener en cuenta si el enemigo extranjero es, o no, aliado tuyo”. Jimmy Massey había abandonado su condición de víctima, para, de ahora en adelante, convertirse en verdugo.

En marzo de 2003 fue enviado a Iraq formando parte del Cuerpo de Infantería de Marina, donde se encontró con un país mucho más desarrollado de lo que le habían dicho. Su pensamiento estaba lleno de tópicos y consignas sobre lo que ocurría en su nuevo destino y sobre cómo eran sus gentes. A partir de este momento Jimmy participará en toda clase de misiones, sobre todo las dedicadas a proteger zonas tan estratégicas como los pozos petrolíferos. En otras ocasiones formaba parte de los puntos de control que se repartían por todo el país, controlando los movimientos de los ciudadanos, haciéndoles pensar que cualquiera podía ser considerado enemigo, y que ante la menor duda, se abriría fuego de inmediato. Primero disparar, después, preguntar. Muchos de estos civiles murieron ante Jimmy. El propio Jimmy, en uno de sus números relatos sobre sus misiones con el Cuerpo de Marines, explica, cómo estando en Numaniyah, un vehículo llamó la atención del grupo de marines que formaban parte del puesto de control. En su interior un grupo de civiles, de los cuales uno de ellos tenía una manta en la mano. “Parece que lleva un rifle envuelto” “Si, hay que eliminarlos a todos”. Seguidamente hicieron uso de la radio para describir la situación en la que estaban, y prácticamente de inmediato aparecieron dos helicópteros Cobra mientras que el grupo de marines abría fuego contra el grupo sospechoso. Todos los que allí se encontraban comenzaron a correr desesperadamente, hombres, mujeres, niños…  Uno de los helicópteros lanzó un misil. Jim habla de cuerpos desmembrados volando por los aires. “Disparad otro misil” dijo uno de los marines. Este segundo misil acabó con la vida de varias personas más, sin distinguir entre el grupo de sospechosos y la gente que a su alrededor se encontraba. Después se supo que todas estas personas condenadas a muerte, aniquiladas de manera repentina, eran inocentes, como tantos cientos y miles de los asesinados en Iraq por el mero hecho de encontrarse en el lugar y momento menos oportuno. Son las llamadas eufemísticamente “daños o víctimas colaterales”. De todos los vehículos acribillados por las ametralladoras de los puestos de los que Jimmy formó parte, en ninguno de ellos, en ninguno, se encontraron con propaganda de Al Qaeda, ni ningún tipo de armas o explosivos. Tan sólo civiles muertos o gravemente heridos. “¿Por qué matas a mi hermano? ¡No hemos hecho nada!” fue lo le dijo a Jimmy un hombre que sobrevivió en uno de estos incidentes.

Por aquél entonces Jimmy se consideraba un soldado más, como cualquier otro, de los que creyeron la mentira repetida por el presidente americano G. Bush cuando aseguró que Sadam Husein tenía armas de destrucción masiva que amenazaban al mundo libre. Pero tanta muerte de civiles y tanta locura empezó a cambiar a Jimmy, que se cuestionaba las razones por las que se encontraba en Iraq. ¿Dónde están las consecuencias positivas de todo aquello?. “Honestamente siento que estamos haciendo algo malo aquí. Estamos cometiendo un genocidio”. Tras comentar todo esto en una conversación con su teniente, Jimmy tuvo la certeza de que en ese preciso momento su carrera militar había terminado. Ahora Jimmy Massey vive pidiendo perdón. Sus víctimas eran inocentes, pero él no. Y lo sabe perfectamente. Cómo sabe que la maquinaria de la guerra se alimenta de odio, de propaganda para fabricar enemigos, y que la perfecta sociedad americana por la que Jimmy ha luchado en Iraq tiene grietas, grietas que se emplean para llenar las filas del ejército estadounidense, muchachos reclutados en pequeños pueblos que luchan no por la verdad, sino por un ideal: el del poder, la supremacía y el dinero.

Foto de la infamia del trío de las Azores

Crónica de las pasadas navidades

Está sucediendo ahora. Justo cuando el ciudadano medio que viaja tranquilamente en el tranvía o el autobús siente la Navidad al ver las luces, abetos y demás parafernalia que lucen en las inmediaciones de las zonas comerciales. Es precisamente en este momento cuando una grandiosa turba de ciudadanos, hartos ya de recibir penosas noticias económicas, ha decidido tomar las calles, ponerse en marcha, concienciados de los problemas que se avecinan en un futuro próximo. La solidaridad aparece de manera majestuosa acompañada de sueños idealistas, y todos se presentan ahora dispuestos y decididos a la movilización  para lograr hacer un mundo mejor.

– “O reactivamos pronto los mercados o pronto estaremos lamentándonos” Asegura una señora a las puertas de una superficie comercial. – “Nos hemos venido toda la familia a gastar lo que podamos a ver si esto mejora de una vez” Afirma un señor; -“Soy un funcionario ministerial, y pese a que mi situación económica no es buena, estoy dispuesto a gastar lo que sea”. Los hay quienes amenazan en tono desafiante: -“estamos dispuestos a salir de compras también el próximo viernes”.

El gentío en las zonas comerciales es impresionante, el ambiente parece anticipar lo que se puede convertir en toda una revolución social, y ya se hace incluso complicado transitar por el centro con normalidad. Quién más y quién menos va con alguna bolsa o paquete de algún establecimiento comercial, dispuesto a aportar lo que en su mano esté para volver a poner en marcha la maquinaria de nuestro sistema.- “No sé si lograremos algo, pero siempre será mejor salir a comprar que no hacer nada”, confiesa una joven pareja. -“Tenemos que recuperar la confianza de los mercados, y para ello todos debemos volver a consumir. Sabemos muy bien que hoy hemos comprado cosas inútiles o que pronto pasarán de moda, pero eso no nos importa, los motivos que nos han traído a esta zona comercial son mucho más profundos” sentencian.

La mirada a ese esplendoroso y no lejano pasado se hace inevitable. -“Ojalá todos tomemos conciencia de lo que está ocurriendo y salgamos a consumir lo que podamos para que todo vuelva a estar cómo antes”, se lamenta un hombre que reparte octavillas entre la muchedumbre. Lo que ya nadie cuestiona es lo que los bancos han sufrido en los últimos meses, tanto que incluso han tenido que recibir grandes cantidades de dinero público, una especie de beneficencia similar a la que se da a personas sin recursos, para garantizar así su supervivencia. Un consejero del Banco Noble; tu banco amigo ya lo explicó de esta manera: -“Durante mucho tiempo estuvimos preocupados por la gente, y la ayudamos más allá de lo que nuestras fuerzas nos permitían para lograr que tuvieran acceso a coches, casas, viajes… queríamos un mundo feliz. Toda esa felicidad la intentábamos contagiar incluso con nuestra publicidad, en la que siempre aparecían fotos de personas sonrientes tras haber accedido a alguno de nuestros servicios: familias con niños, jubilados, jóvenes… pero de la noche a la mañana, toda esa gente a la que habíamos ayudado dejó de consumir, olvidando nuestros desinteresados favores en pro de la sociedad y de las personas. Toda nuestra solidaridad se ha convertido en ruina y desesperación, los banqueros son los grandes damnificados por esta catástrofe económica. Ahora nos hemos enfadado y no vamos a dar créditos a nadie para que sea feliz, a menos que la sociedad muestre su comprensión y nos devuelva parte del cariño que nosotros le dimos”.

“La verdad es que la banca tiene razón” sentencia un señor que hace cola en la caja del Zara. “No nos hemos portado bien con ellos, que aunque uno fuese un simple trabajador, gracias a ellos, podía acceder a un BMW o un Audi y sentirse burgués. Además los políticos en vez de incentivar aún más el consumo se dedicaron a malgastar dinero público en cosas como la sanidad y la educación”. “Eso, eso, bien dicho” replica una señora. “Que los políticos deben servir a la mayoría de ciudadanos, que somos más numerosos los consumidores que los enfermos. Al fin y al cabo una se va de este mundo cuando lo decide Dios por mucho que gastemos en hospitales y médicos”. -“y en el Medievo no había educación y no se moría nadie por eso, así que…” añade un tercer señor. Otra joven profetiza:  -“a este paso llegará el día en el que no podamos comprar la última versión de Iphone. Ese día lamentaremos lo que hemos estado haciendo durante los últimos meses”.

Un afligido representante de la agencia de calificación Standard & Poor’s confesó recientemente que -“cierto es que lo de las subprimes era una mierda, una basura tan grande como un castillo, pero otorgábamos calificaciones de AAA + a todas las entidades financieras pensando que la gente no sería tan cabrona como para reducir el consumo y encima no devolver sus créditos o hipotecas a quien tan generosamente se las había concedido. De haberlo sabido igual habríamos actuado de otro modo, pero en aquellos tiempos pecamos de ingenuos”.

La sociedad parece sentir que pronto tendrá que afrontar nuevas preocupaciones. Hasta hace poco nos preocupábamos por los resultados de nuestro equipo de fútbol y poco más. Pero parece haber aparecido una nueva toma de conciencia que se resiste a dar el complicado paso que nos lleva de consumidores a ciudadanos. Esperemos por el bien de todos, que el gasto se multiplique gracias a olas solidarías de consumidores concienciados como esta, que las comidas y cenas navideñas continúen como siempre han sido, excediendo la capacidad digestiva humana, y que se promuevan campañas caritativas navideñas como aquella de los años 60 que bajo el lema “siente un pobre a la mesa” ayudó a mucha gente a sentirse mejor.