Archivos mensuales: octubre 2011

Fantasmas y vampiros en Torrelodones

Fueron los 80 años de picnics familiares en la cercana sierra madrileña. Pese a encontrarse la sierra de Guadarrama a tan sólo unas decenas de kilómetros de Madrid, la sensación, siendo un niño, es que se emprendía un largo e interminable viaje durante el cual había que buscar y encontrar a toda costa una distracción, una manera de acelerar el transcurso del tiempo dentro de aquel Seat 127 de color difícilmente definible (entre amarillo y naranja). El evocar aquellos larguísimos viajes de 80 kilómetros en aquel entrañable coche evidencia un llamativo contraste en la percepción del paso del tiempo existente entre el niño de aquellos años y el adulto de hoy en día; tiempo que pese a ser medido y dividido con precisión en días, horas, minutos… etc. tiene, a la vez, la capacidad de estirarse o contraerse enormemente.

El viaje desde Madrid a la sierra se hace por la carretera de La Coruña,  (carretera nacional 6), y se pasa por localidades como Majadahonda, Las Rozas o Villalba, pero era, sin duda, Torrelodones la más esperada de todas. En sus proximidades, y perfectamente visible desde la carretera, existe, emplazada sobre unas escarpadas rocas, una torre o atalaya de llamativo alzado y que actuaba como resorte para poner en marcha el mecanismo de mi imaginación cuando era contemplada. A buen seguro que dicha atalaya estaría habitada, como mínimo, por un fantasma, y que en su interior en vez de habitaciones habría frías mazmorras, donde los condenados permanecerían fuertemente encadenados bien a los húmedos muros o bien al techo y que de vez en cuando serían sometidos a terribles tormentos que por aquel entonces me resultaban complicados de imaginar. ¿Cuándo el grupo de amigos organizaríamos una expedición para explorar aquel extraño lugar?

Por si todo esto fuera poco, muy cerca de esta atalaya se encuentra un misterioso caserón, también sobre unas escarpadas rocas, perfectamente recortado sobre el cielo, sombrío y siniestro, cuyo aspecto resulta tan inquietante como su aislamiento, pues no se aprecia ningún camino que conduzca hasta él. Es evidente que un lugar de estas características solo puede ser habitado por un vampiro. Vampiro que a buen seguro se sentiría dichoso y feliz si algún día el grupo de amigos decidieran explorar los alrededores, pues no existe mejor manjar que la sangre de niño. No debíamos fiarnos de la hospitalidad y amabilidad del señor vampiro, que nos ofrecería pasar la noche en su siniestro caserón, esperando a que cayésemos dormidos agotados tras un día entero de juegos y carreras por los largos pasillos, para propinarnos el mortal y succionador  mordisco en nuestros blancos cuellos. Pero lo que no podría pensar el señor vampiro es que en  aquellos años  yo ya contaba con algunas nociones de estacas de madera, cabezas de ajos y crucifijos. Además tampoco olvidaría llevarme un pequeño espejo para cerciórame de que el oscuro habitante de la casa no se refleja en él, delatando así su condición vampírica.

Finalmente, el Seat 127 que conducía mi padre alcanzaba su destino, desapareciendo por completo de mi mente todos estos pensamientos, pues llegaba el momento de sacar del maletero del coche las sillas plegables, la bolsa nevera con las bebidas, la de la comida con la tortilla y la ensalada…

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Escudo de Torrelodones

La atalaya de Torrelodones, o torre de los Lodones fue construida entre los siglos IX y XI por los musulmanes durante el período omeya de Al-Ándalus. La torre representa un símbolo para el pueblo de Torrelodones y ha sido incorporada en su escudo heráldico.Esta curiosa construcción no tenía función defensiva alguna pese a formar parte de un amplio sistema de defensa que el Califato (territorio gobernado por el califa) organizó al sur de la Sierrade Guadarrama ante la presencia cristiana al norte de la sierra. La red de atalayas de la zona formaban una línea cuya función era diferente a la de los castillos más al sur, Mayrit (Madrid) Santorcaz o Alcalá, que contaban con presencia militar y desempeñaban tareas claramente defensivas. Las atalayas cumplían sencillamente con funciones de vigilancia de los grandes valles, conformando un ingenioso sistema, pues estaban situadas a una distancia de unos 2 kilómetros las unas de las otras, posibilitando su contacto visual. Para las comunicaciones y lanzar avisos  sobre posibles ataques cristianos se empleaba el humo o se recurría a simples hogueras durante la noche.

La atalaya de Torrelodones mide cerca de once metros de altura, está construida en granito y además de la torre cuenta con un cuerpo lateral.

-La casona o el Palacio del Canto del Pico es un edificio construido entre 1920 y 1922 como casa-museo para albergar la colección de arte de un aristócrata: José María del Palacio y Abárzuza, y se encuentra en la cima de una montaña granítica. Cuenta la tradición que el aristócrata eligió este lugar para edificar el palacio por recomendación de su médico, pues se creía que el lugar contaba con fuertes concentraciones de rayos ultravioleta supuestamente beneficiosas para la salud.

En este palacio falleció durante una de sus visitas y de manera repentina mientras bajaba unas escaleras en 1925 Antonio Maura, estadista y escritor que fue cinco veces presidente del Consejo de Ministros, tal y como recoge una placa conmemorativa instalada en el interior del edificio: Bajando por esta escalera, ascendió al cielo don Antonio Maura.

Durante la Guerra Civil española el palacio fue sede del Mando Militar Republicano, sirviendo de cuartel a Indalecio Prieto, político socialista, y al General Miaja, quienes dirigieron desde allí la Batalla de Brunete.  Finalizada la guerra, el aristócrata propietario regaló tanto la finca como el edificio al mismísimo Francisco Franco, que lo empleaba como refugio cuando los servicios secretos le alertaban sobre la posibilidad de algún atentado contra su persona. Así mismo, Franco desarrolló en este lugar diversas actividades de ocio; llegó a crear una granja de ovejas, gallinas y abejas que cuidaba personalmente con la colaboración del guarda. Tras su muerte, la propiedad pasó a sus herederos, y ya en los 80 y 90 del XX el palacio quedó en abandono y ruina, siendo víctima de numerosos actos vandálicos, pese a ser vendida en 1988 a la compañía Stoyom Holding Limited (SHL) por 320 millones de pesetas para convertirlo en un hotel de lujo. Jamás se llevó a cabo este propósito.  En 2005 el ayuntamiento de Torrelodones anunció el preacuerdo con la empresa propietaria para que el edificio pase a su propiedad, aunque tal acuerdo aún no se ha materializado.

El palacio no es de ningún tipo de estilo arquitectónico concreto, aunque cuenta con detalles modernistas. Albergó elementos decorativos representativos del arte español de los siglos XIII a XVII, entre ellos columnas y capiteles góticos procedentes del  Castillo de Curiel, puertas del Convento  de las Salesas Reales de Madrid, e incluso el claustro gótico de la Casa del Abad del monasterio cisterciense de Santa María de la Valldigna (Valencia).

Atalaya y Palacio del Canto del Pico

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El desconcertante Puente Mocha

Puente Mocha

Durante el verano de 2011 tuve la fortuna de visitar un curioso lugar; situado en la parte occidental de la Comunidad de Madrid, en la sierra, a sólo unos pocos kilómetros de la capital. Se trata del Puente Mocha, que cruza el pequeño río Cofio, afluente del río Alberche, que, a su vez, desemboca en el Tajo.

Nos situamos en las proximidades de Valdemaqueda, muy cerca de Robledo de Chavela, población  famosa entre otras cosas por las instalaciones de la NASA que allí se encuentran, y que sirvieron de apoyo a las misiones Apollo, en una zona de media montaña, muy visitada por excursionistas llegados de Madrid, caracterizada por el dominio del bosque mediterráneo, cuyas especies más características son el pino y la encina.

El Escorial

De bella y monumental planta, cautivador por su majestuosa sencillez, evocador de otros tiempos, el Puente Mocha está rodeado de misterio. Sus orígenes, nada claros, apuntan tradicionalmente a los tiempos de  los romanos, aunque su perfil de “lomo de asno”, es decir, de forma angular, delata un origen medieval que en esta ocasión nos trasladaría a la época de la Reconquista, durante el proceso de repoblación cristiana. De igual modo, calificar este puente como “románico” resulta también aventurado, pues amenudo los puentes siembran dudas a la hora de establecer su datación, ya que durante siglos su morfología ha variado muy levemente. De hecho, hay quien asegura que el puente fue levantado en el siglo XVI, como parte de las infraestructuras construidas en la zona y que se encuentran asociadas al imponente Monasterio del Escorial. Su función bien podría haber sido la de facilitar el transporte de madera proveniente de esta zona boscosa en dirección al conjunto monacal y palaciego anteriormente mencionado. El fenomenal lio en el que nos hemos metido lo podemos rematar añadiendo la afirmación de que tal vez su primitiva estructura haya sido modificada, remodelada y actualizada con el devenir de los años, complicando de este modo su ya de por sí difícil datación.

Arco de medio punto y tajamares

De unos 40 m. de longitud, construido a base de granito, con grandes sillares (bloques de piedra) en su base, que van reduciendo su tamaño hasta convertirse  en mampostería en la parte más alta de la construcción. Aguas arriba, el puente presenta unos tajamares triangulares en sus tres pilares centrales, que  tienen como misión el dividir y repartir con igualdad las aguas a ambos lados del pilar, para de este modo minimizar su resistencia a la corriente del río. El puente, para finalizar,  añade otro nuevo misterio proponiéndonos jugar al despiste; además de Puente Mocha recibe el nombre de Puente de Los Cinco Ojos pese a presentar tan sólo cuatro bóvedas de medio punto y dos vanos de losas planas a ambos lados, lo que nos da la suma total de 6, y siempre 6, ya probemos sumando 4+2 o bien 2+4. Otra posibilidad es la de tener en cuenta tan sólo sus arcos o bóvedas de medio punto, que tanto si las contamos de izquierda a derecha, de derecha a izquierda o en cualquiera de los lados del puente siempre son 4. ¿De dónde sale entonces lo de los cinco ojos?

Eduardo Mendoza en Cracovia

28 de octubre de 2011, sala Wyspianskiego de la escuela de arte dramático, 18 h. de la tarde, radios, televisiones, un puñado de  fotógrafos y un público tan numeroso como bien predispuesto conformaron una atmosfera propia de un concierto de rock. El escritor Eduardo Mendoza se presenta en la, como diría un redactor de TVE, ciudad “medieval” de Cracovia, arropado por toda la comunidad de “lo español”, encabezada por el omnipresente Instituto Cervantes, ese otro estado español bien troceado y repartido por todos los rincones del mundo, embajadores de su propia cultura, su propia lengua y valores,  que año tras año se empeña de manera infructuosa en dar con la palabra más bella de nuestra lengua (¿República?).

El pre acto, y para sorpresa de nadie, se presenta envuelto en las dosis de jabón y vaselina que los organizadores estiman adecuadas a la personalidad central del evento; unos cuantos chistes y chascarrillos previsibles y un vídeo de más que digna factura sirven para poner al auditorio en situación. Pero, ¿en qué situación?

Pues en la que deriva a una larga charla sobre avatares editoriales, sobre títulos publicados o no publicados, traducciones… acrecentando así la impaciencia de la sala. Las manecillas del reloj se empeñan en mostrar las 18.35 h. sin que un aparentemente somnoliento Eduardo Mendoza haya pronunciado aún una sola palabra. Sin duda, al menos una parte de los asistentes al acto, empezaba  a dar por cierta la afonía del escritor a la que se refirió anteriormente y jocosamente uno de los conductores del evento.

Pero por fortuna, minutos después, Eduardo Mendoza se pronuncia acerca de La isla inaudita, novela NO ambientada en Barcelona. Mendoza se declara cansado y harto de la Barcelona fashion post olímpica; ¿Por qué no me dais un sueldo? asegura el propio escritor que espetó al alcalde de Barcelona, lo cual puede tener sentido si tenemos en cuenta, por ejemplo, como el ayuntamiento y la Generalitat (gobierno autonómico catalán) subvencionaron generosamente al cineasta W. Allen para que llevara a cabo su publirreportaje Vicky, Cristina, Barcelona, donde queda plasmada esa ciudad trendy ñoña a la que se refería Mendoza, y que tanto y tan bien ha calado por estas latitudes centro europeas.  ¿Chasco para la audiencia? Es posible, pero lo que sí es seguro es que a una personalidad de la altura de E. Mendoza se le puede perdonar casi todo.

Por todo ello, la acción novelística de La isla inaudita se traslada a una ciudad antítesis de la cool ciudad española o catalana: Venecia. Venecia como ciudad oscura, calificada como triste, sin habitantes naturales, pero atestada de turistas, con sus grandes casonas cerradas y su ambiente recargado. Pero la conversación, al rato,  vuelve a tomar una peculiar deriva, centrándose en diferentes santos, con Mendoza relatando una anécdota en la que tres tías suyas, ancianas, guardaban con celo y envueltos en periódicos, los restos de un santo que un párroco logró salvar cuando se produjo el estallido de la guerra civil española.

Las aguas vuelven a reconducirse cuando se trata el tema de los personajes literarios,  siendo en este momento cuando se aborda el tema de mayor interés del evento.  Mendoza explica cómo sus personajes, por regla general, llegan a un lugar determinado, donde viven una serie de experiencias que se pueden calificar de “anormales”, bien espirituales o de otro tipo, para, finalmente, regresar al mundo del que habían venido. Y es que este sencillo esquema es el que rige gran parte de la literatura, siendo El Quijote un claro ejemplo. El trazo de los personajes en la obra de Mendoza consiste en una prolongación de la propia persona del autor, en unos casos como meros testigos , sin apenas personalidad, de acontecimientos que se van sucediendo, siendo estos acontecimientos la clave de la obra, mientras que en otras ocasiones el protagonista pasa a ser el eje central de la novela, jugando los acontecimientos un papel secundario en este caso, y donde los sentimientos y emociones experimentadas por dichos personajes se convierten en la base primordial.

La isla inaudita, publicada en España en 1989 y ahora, en 2011, en Polonia,  junto con su trilogía compuesta por El misterio de la cripta embrujada (1979), El laberinto de las aceitunas (1982) y La aventura del tocador de señoras (2001) son ejemplos asociados a la picaresca que se desarrolló en España durante el llamado Siglo de Oro (s. XVI – XVII), y que se caracteriza por sus personajes pícaros, ejemplares antihéroes, de narración habitualmente en primera persona, una ideología moralizante y abiertamente pesimista y una crítica de todas las capas sociales. De alguna manera Eduardo Mendoza apuesta por una vuelta a la narrativa más clásica y tradicional, apareciendo, además de la picaresca española,  universalizada con el paso del tiempo, la figura de Cervantes como referente.

El acto no dio mucho más de sí, se retorna a los chistes, chascarrillos y anécdotas, quedando el evento un tanto famélico en contenido, pero generoso en cifras, que será lo que al fin y al cabo interese a las instutuciones organizadoras: las correspondientes al número de asistentes y las de ejemplares firmados. Y aún quedan las más importantes: las correspondientes a las ventas del título ahora presentado en Polonia.

El gran mito de la literatura

Una de las mayores aspiraciones de todo hombre es el poder llevar una vida libertina, gozando de todos los placeres que la vida nos ofrece. Bien es cierto que tenemos ante nosotros la justicia divina, “no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague”, pero también existe la posibilidad  y el beneficio de arrepentimiento, y por tanto, de la obtención del perdón antes de comparecer ante Dios.

En mi mente aún continúan vivos los tiempos cuando estando en Nápoles seduje a la duquesa Isabela haciéndome pasar por el que era su prometido, el mismísimo duque Octavio. La mala suerte quiso que la luz de un farol revelara mi identidad y tuve que escapar rápidamente, saltando desde un balcón a los jardines del palacio.

A mi regreso a España, el barco en el que viajaba sufrió un naufragio del que me salvé de manera milagrosa. La suerte estuvo conmigo en esta ocasión, y una pescadora llamada Tisbea me auxilió y ayudo, llevándome a la cabaña donde vivía. Aproveché que el destino me regalaba estos momentos a solas con la bella joven para seducirla y gozarla en su humilde casa, lugar del que escapé horas después robando dos yeguas que Tisbea había criado.

Pronto llegué a Sevilla, ciudad a la que ya habían llegado las noticias de Nápoles provocando un conflicto diplomático, pues la duquesa Isabela era la hija del Rey. Mi tiempo en aquellas fechas lo ocupaba, entre otras cosas, en dar largos paseos por esta bella ciudad andaluza, disfrutando del clima y la alegría de las gentes. En uno de estos paseos me encontré con mi buen amigo el Marqués de la Mota. Celebramos nuestro encuentro compartiendo vino en diferentes tabernas, y sobre todo, hablando de mujeres en todos los sentidos que se puedan imaginar. Fueron muchas las risas, hasta que en un momento, mi amigo dejó de reír y su buen humor se transformó en seriedad. Comenzó a hablar sobre una mujer llamada Ana de Ulloa, de la que estaba perdidamente enamorado. Me aseguró que se trataba de la mujer más bella de Sevilla, y tras su largo monólogo acerca de los encantos de esta joven, mi imaginación echó a volar, llevándome a un mundo de aromas, sensaciones, curvas y deseo carnal, siendo poco a poco mi deseo de poseer y gozar de tan bella mujer comparable a la inmensidad de los océanos.

Los días siguientes los compartí con tan grande deseo, el cual dominaba a mi persona, y mi imaginación no me daba descanso alguno, hasta que una misteriosa carta llegó a mis manos. Mi curiosidad hizo que la abriera para pasar a su lectura. Se trataba de una carta que Ana de Ulloa dirigía a mi amigo el Marqués de la Mota, la cual le citaba en su casa a las 11 de la noche, asegurando que la puerta estaría abierta y que de este modo podrían encontrarse a solas. ¡Un encuentro nocturno con Ana de Ulloa! Rápidamente salí en busca de mi amigo y le conté la gran noticia. Le expliqué que Ana lo esperaba esa misma noche a las 12. Con mi engaño se presentaba la oportunidad de conocer a la mujer a la que se dirigían todos mis deseos y pensamientos y en un momento, inventando una estúpida escusa,  tuve la idea de pedirle a mi buen amigo su capa. El Marqués me la dejó, y con ella me presenté en casa de Ana de Ulloa a las 11.

La gran felicidad que sentía pronto desapareció por completo. La joven, no se aún cómo ni por qué, se dio cuenta de que yo no era el hombre que esperaba y comenzó a gritar. Los gritos llegaron a oídos de su padre, el Comendador Don Gonzalo de Ulloa, que se presentó ante mí espada en mano. La desgracia quiso que mi espada diera muerte al Comendador, pudiendo así escapar de esta complicada escena.

No mucho tiempo después, y lejos de Sevilla, fui invitado a la celebración de un casamiento entre dos jóvenes plebeyos, Aminta y Patricio. Antes de la celebración tuve ocasión de reunirme con el joven novio, y en tono conciliador, le declaré que su joven prometida ya no era una muchacha con honor, pues no mucho tiempo atrás ella se me entregó al goce carnal. Patricio, mudo, dolido, y con lágrimas en los ojos, se marchó en silencio. La joven Aminta no entendía nada de lo que había ocurrido, y pronto me puse a su lado para consolarla ante la penosa desaparición de su prometido. En estas circunstancias seduje a la bella plebeya con promesas de casamiento, de oro y muchas otras riquezas. Aminta, ilusionada por el prometedor futuro que le pinté, no pudo resistirse y se me ofreció en lo carnal. Gocé mucho de ella esa noche, pero nuevamente tuve que escapar a toda prisa cuando se descubrió mi engaño.

Mi fama ya era conocida en toda la región, y hasta el rey ordenó hacerme preso. Sin saber muy bien a donde escapar, desorientado y perdido, llegué a una vieja iglesia. Entré en ella del modo más silencioso que pude, y allí me encontré con una tumba; la tumba del mismísimo Comendador Gonzalo de Ulloa, el hombre al que había matado con mi espada tiempo atrás. Junto a la tumba se levantaba una fría estatua del Comendador, la cual parecía mirarme. Reí mucho al ver a uno de mis perseguidores convertido en piedra, inofensivo e inmóvil ante mí, y burlándome de él, lo invité a cenar a mi casa.

Para mi sorpresa y asombro, lo inexplicable se hizo realidad y a la hora de la cena la estatua se presentó en mi casa. Me asusté, pero decidí actuar con normalidad. La cena fue servida, y la velada resultó agradable. El Comendador de piedra me invitó a cenar a la iglesia donde ahora vivía la noche siguiente. Mostrando mis respetos acepté su amable propuesta, y acudí a la iglesia. La estatua, como buena anfitriona, me ofreció su mano al llegar, y en el instante que mi mano tocó la suya, de manera repentina, sentí un fuego abrasador que recorrió todo mi cuerpo en un instante. Mi cuerpo se convertía por momentos en cenizas, pero tuve tiempo de gritar al Comendador que nunca llegué a deshonrar a su hija Ana de Ulloa… Poco después sentí como me hundía en la fría y profunda tumba, finalizando de este modo mis días en este mundo. “Muerto soy”.

Ahora, y tras conocer mi historia y mis goces con toda clase de mujeres, mi nombre seguramente sea fácilmente reconocido por todos: Don Juan.

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El burlador de Sevilla de Tirso de Molina, es una obra de teatro publicada en 1630 que supone la creación del mito de Don Juan, recreado posteriormente por José de Zorrilla en el siglo XIX con su Don Juan Tenorio, por Mozart con su ópera Don Giovanni, por Richard Strauss, por Moliere, Lord Byron.. Pero seguramente este Don Juan ya existía antes de la obra de Tirso de Molina en el imaginario colectivo popular, y su pervivencia se debe a su carácter moralizador y profundamente católico que trata de mantener dentro del orden establecido la vida y todo pensamiento.

Don Juan representa la ruptura de todas las normas y reglas establecidas, para quien la moral de la iglesia y la justicia de los hombres no tienen ningún valor, encontrando el sentido de la vida en el juego y en el disfrute de todos los placeres. Probablemente sea este uno de los sueños más antiguos del ser humano: una vida en absoluta libertad, y al mismo tiempo la mayor pesadilla para la estricta mentalidad de la España de la época. El burlador de Sevilla acaba de manera trágica, con un Don Juan abrasado por el fuego del infierno, castigado por su errónea conducta,  mientras que el Don Juan Tenorio muere tras arrepentirse, liberado por su amor a Doña Inés.

A día de hoy, curiosamente, “ser un Don Juan” es un halago, el mayor elogio que se le puede hacer a un “macho”. Si un hombre recibe tal calificativo debemos entender que una de sus principales ocupaciones es la de seducir mujeres y que además, éstas caen rendidas a sus pies. ¿Qué motivos han llevado a una simplificación tan radical de un personaje literario tan lleno en sus orígenes de matices y contradicciones morales?

La frivolización del mito de Don Juan ha hecho olvidar el retrato que hizo Tirso de Molina de la condición humana mediante este personaje contradictorio, que movido por su absoluto egoísmo enfrenta duramente la esencia del instinto con las creencias religiosas, con las normas de conducta y leyes, a menudo absurdas, con las que el hombre civilizado a intentado “domesticar”  y someter ese instinto a lo largo de los siglos. ¿Es Don Juan una víctima? ¿Lo somos todos nosotros?

Marqués de Portago: Lujo, amor y tragedia a 250 km/h

Nacido en Inglaterra, fallecido en Italia y enterrado en Francia, Alfonso Antonio Vicente Eduardo Ángel Blas Francisco de Borja Cabeza de Vaca y Leighton,  (1928 – 1957) más conocido como el Marqués de Portago, fue un aristócrata español, descendiente de Alvar Núñez Cabeza de Vaca:  explorador y descubridor  de La Florida en el siglo XVI.

De algún modo, la vida de Alfonso de Portago, conocido también como Fon,  es el producto de una serie de inquietudes sumadas a mucho tiempo libre y dinero. Una vida de las llamadas “de película”, de película probablemente de poco éxito, seguramente por cumplir en exceso con los cánones cinematográficos más clásicos. Innumerables escenas de alto riesgo,  de comedia que bordea lo absurdo,  muchas y bellas mujeres, lujo, dinero y un trágico final.

El retrato de Fon lo compone una cazadora de cuero negro, un aspecto cuidadosamente descuidado, con el pelo demasiado largo para la época, a menudo mal afeitado y un cigarrillo en los labios, alto, guapo, adinerado, dominando idiomas…  y es que estamos a mediados de los años 50, justo el momento en el que James Dean alcanza su máximo esplendor. Su imagen no pasa desapercibida en los más exclusivos clubs y restaurantes de Madrid, París, Londres o Nueva York, convirtiéndose en todo un fenómeno mediático.

De carácter rebelde, alocado, apasionado, impulsivo  muy temerario y alimentado a base de adrenalina, pilotó una pequeña avioneta , sobrevolando el Támesis y pasando bajo el puente de Londres para ganar los 500 dólares que se había apostado.

Aunque viviese 100 años no tendría tiempo para hacer todas las cosas que quiero hacer”. A principios de los 50 comenzó a destacar en la hípica especializada en las carreras de obstáculos, siendo el mejor jockey amateur en Francia entre 1950 y 1952, y logrando ser el primer español que participó en el mítico Grand National de Aintree, Liverpool, aunque no logró finalizar ninguna de las dos carreras que disputó.  Poco tiempo después Fon se plantea dejar los caballos debido a problemas de peso y la dificultad para cumplir con las rigurosas dietas que debía seguir día a día. “Hay muchas formas de perder peso, pero… estoy casado”.

Fue la elegante y peculiar presencia de Fon lo que atrajo la atención de la que sería su esposa, Carroll McDaniel,  en el lujoso restaurante Maxim´s de París, cuando él entró y pasó junto a su mesa. Instantes después Fon se volvió a ella y le dijo: “Voy a casarme contigo”. El matrimonio tuvo dos hijos, Andrea y Antonio.

Portago acostumbraba a ir a esquiar a Saint Moritz, en Suiza, donde existen unas instalaciones de bobsleigh  y  skeleton que no le pasaron inadvertidas para poner en marcha un nuevo proyecto que se podría calificar como absurdo: algo así como montar un equipo de vóley playa en Groenlandia. ¿Por qué no convencer a dos primos y a dos amigos y organizar el equipo nacional español de bobsleigh?. Así fue, Fon compra un par de deslizadores, y programa una semana de entrenamientos en Suiza, donde fueron blanco de todo tipo de bromas y risas por parte del resto de participantes debido a las constantes caídas y golpes que sufrieron los miembros del peculiar equipo español. Para sorpresa de todos, logra participar en los Juegos Olímpicos de Cortina d´Ampezzo, Italia, en 1956, obteniendo un aún más sorprendente cuarto puesto en la categoría de bobsleigh a dos.

España jamás ha vuelto a participar en esta disciplina olímpica. Portago era tremendamente popular, y no solamente por su faceta deportiva. Fon resultaba ser un hombre atractivo, joven y rico, y pese a estar casado su presencia era habitual en las fiestas que organizaba la alta sociedad. Fueron innumerables las mujeres, las cuales se volvían locas por él, e incluso tuvo un hijo fuera de su matrimonio con la supermodelo de la época: Dorian Leigh.

Su primer contacto con el mundo de la competición automovilística llegó de la mano de uno de sus mejores amigos; el piloto Nano Da Silva, el cual le influyó de manera decisiva. Y es que para las carreras de coches no era necesario cumplir con ningún tipo de dieta. Bien es cierto que Fon en un principio no sabía siquiera como cambiar las marchas en los vehículos de competición, pero no tardó en aprender, y entre los años 1954 y 1957 recorrió junto a su amigo Nano todo el mundo, participando en innumerables carreras en diferentes categorías automovilísticas: Sport, Gran Turismo y Fórmula 1. El rugido de los motores, multitud de chicas y un incomparable glamour debieron resultar tremendamente tentadores para el joven aristócrata.  Es la época dorada del automovilismo, los tiempos de los gentlemen drivers.

Bien es cierto que los inicios resultaron duros y complicados. El impulsivo y temerario  carácter de Fon le hacía cometer errores de conducción, y las salidas de pista y accidentes fueron numerosos. Aún así, no tardó mucho tiempo en ganarse el respeto de los otros pilotos; figuras de la talla de Fangio, Stirling Moss o Peter Collins. En 1957, Portago lideró la carrera organizada por el régimen de Batista en Cuba con su Ferrari Monza nº 12 por delante del Maserati del mismísimo Fangio. A última hora, un problema en el acelerador lo relegó a la tercera posición. Sin embargo  Fangio lo reconoció como el vencedor moral de la carrera y afirmó que Portago contaba con el potencial necesario para proclamarse campeón mundial en un futuro.

La Habana, Caracas, Buenos Aires, Suecia, Francia, México, Nassau… Fon comenzó comprando sus propios coches, pilotando Maseratis,  algún Osca, pero sobretodo Ferraris. Ganó en 6 carreras de Sport, en 3 de Gran Turismo, ganó el Tour de Francia por delante de Stirling Moss, y corrió en 5 Grandes Premios de Fórmula 1 terminando segundo en uno de ellos. Su talento y su personal estilo, junto a su condición aristocrática y su creciente popularidad mediática no pasaron inadvertidas al “il Commendatore” Enzo Ferrari, quien le ofreció el puesto de piloto oficial de la prestigiosa y legendaria marca en 1956.

Habilidoso, tremendamente rápido y arriesgado, los accidentes se sucedieron en esta nueva etapa, ganándose una fama de piloto alocado en aquellos años  que se definían por su peligrosidad. Los coches de competición ya se acercaban a los 300 km/h, y el equipamiento de seguridad era mínimo, por lo que murieron un puñado de pilotos.  Portago afirmó que “El piloto suele morir en domingo por la tarde” (que es cuando generalmente se disputan las carreras).

La Mille Miglia, era probablemente la carrera más prestigiosa del calendario. Nada menos que 1600 km. por las carreteras italianas que van desde el norte del país hasta Roma. El trazado nada adaptado a la potencia de los vehículos hacía que dicha prueba no resultara del agrado de los pilotos. Portago debuta en la Mille Miglia en 1957, presionado por el propio Enzo Ferrari. En una carta remitida 4 días antes, Fon le confiesa a un amigo que ha sido forzado a participar. Y así, Portago vuelve a ser el principal foco de atención presentándose  en Italia con su última conquista, la actriz Linda Christian. Esta relación repercute en su ya deteriorado matrimonio, y su esposa Carroll se marcha a Nueva York.

12 de mayo de 1957, el Ferrari nº 531 sale de Brescia con Fon al volante y su amigo Edmund Nelson como copiloto.  Pese a no conocer el recorrido, Portago se mantiene entre los cuatro primeros puestos durante todo el recorrido, algo insólito en un piloto que debuta en tan complicada prueba . La carrera llega a Roma, y entre la multitud, Linda saluda a Fon a su paso. En ese momento Portago detiene de manera violenta el coche, y cuando Linda llegó a su lado, la abrazó, la besó mientras le dijo algo al oído. Instantes después el vehículo regresa a la competición, quedándose Linda atrás despidiéndose de él en una escena digna de cualquier película romántica. La pérdida de tiempo que todo esto supuso fue importante, pero Portago, consciente de su público, tal vez hizo este gesto de cara a la galería. O quizá un sexto sentido le habría indicado que aquel último beso era algo demasiado precioso como para despreciarlo.

A unas 2 horas del final de la prueba, se efectúa la última parada en Bolonia. Los mecánicos de Ferrari revisan rápidamente el estado del coche, y señala la barra que sujeta  la rueda delantera izquierda, la cual está rota y provoca que el neumático roce contra el chasis.  Se habían cubierto más de las tres cuartas partes de la carrera, atrás quedaban las amenazadoras montañas, y la meta estaba a unos pocos kilómetros. El neumático aguantaría. Siempre aguantaban. Así que Fon ocupó su puesto frente al volante, el tubo de escape tronó y el Ferrari nº 531 saltó de nuevo a la carretera a toda velocidad.  A la altura de Cremona ya ocupaba la tercera posición, y poco después atravesaba  Mantua como un rayo.  Las grises murallas de Guidizzollo anuncian los últimos 50 kilómetros que Portago nunca recorrió. “Si muriese mañana no por ello hubiese dejado de vivir 28 años maravillosos”, había declarado en una entrevista pocos días antes. Todo termina muy rápidamente, a unos 250 km/h, un domingo a las 4 de la tarde, el día y el momento en el que mueren los pilotos. Un final trágico que acaba con Fon,  a los 28 años de edad, su copiloto Edmund y 10 espectadores.  Nunca más volvió a celebrarse la Mille Miglia.

Esta película de romances, lujo y velocidad permanece casi oculta, y su éxito está condicionado por un trágico final que no arrastra solo a su protagonista, sino también a otros inocentes.  Con Portago se marcha un osado deportista, un rebelde, alguien diferente que nunca tuvo bastante, un símbolo.  Toda una vida pisando a fondo el  acelerador.

Jean Behra, piloto francés que fallecería también en una carrera afirmó que “Solo los que permanecen inactivos viven sin riesgo, pero ¿es que acaso no están ya muertos?”.